26 mar. 2017

Entrevista a Ángela Ramos, por Ángel Paez

Fotografía de la periodista Ángela Ramos, por Beatriz Suárez
(Fotografía por Beatriz Suárez)

     Así es Ángela, Angelita Ramos. Su vida es parte de esa historia que algunos conocen sólo como anecdotario: la bohemia literaria y las lides diarias desde las páginas de los periódicos hechos con plomo fundido. Hace poco la Municipalidad de Lima le impuso la medalla Cívica de la Ciudad y una promoción de estudiantes de periodismo se hizo de su hombre y apellido. Angela, Angelita Ramos. Tiene a su lado izquierda una ruma de periódicos y revistas garrapateados con correcciones y subrayados. A su diestra: libros y libros. Debajo, una cajita de tecnopor a la que llama: "mi caja de Pandora", donde guarda los originales de sus artículos y poemas. Dominan su sala, también, un retrato suyo pintado al óleo por su amigo José Sabogal, y un dibujo al carbón de Sérvulo Gutiérrez, otro compañero. Sorprenden su lucidez y su memoria, más aún en una periodista que el próximo junio cumplirá noventa. "Noventa años de una vida de la que no reniego", afirma, con voz ronca y clara. Muy clara.


     -¿Cierto que fue el llanto de su papá Francisco Ramos Boza, lo que la impulsó a redactar su primer artículo?

     -En realidad no fueron precisamente esas lágrimas, sino más bien la pena terrible que me produjo al ver que la empresa inglesa de vapores, despidiera al fiel servidor que era mi padre. La empresa lo despidió para eludir su posible jubilación.

     -¿De qué se enamoró primero: del periodismo o de Felipe Rotalde, quien luego fuera su esposo?

     -Son dos amores distintos y compartidos. Me enamoré de Felipe Rotalde porque era un tipo de pocas palabras y era un eficaz periodista. Del periodismo me enamoré porque conocí a los bohemios más agradables que ha tenido Lima, y que se hacía dentro del periodismo: cada uno disponía de muy poco, pero al juntarnos teníamos demasiado. No éramos borrachos, aunque el periodista Ladislao Meza sí lo era, tanto como lo culto que fue. Un hombre de doble personalidad, como una moneda de buena ley. El día que fui a darle el pésame a su madre, ella me tuvo que consolar... ¡Fue tal la pena que sentí por la muerte del "Cholo"!

     -También eran tiempos de propuestas amorosas y de amores imposibles. ¿Acaso es cierto que estuvo enamorada de Mariátegui?

     -Jamás: primero porque estaba muy enamorada de mi marido, segundo porque él estaba enamorado de Anita Chiappe, y tercero porque si Mariátegui se hubiera enamorado de alguien habría sido de Blanca Luz Brum, una extraordinaria poetisa y esposa además de nuestro Juan Parra del Riego.

     -¿Y su relación con los poetas? ¿Con César Vallejo, por ejemplo?

     -No sólo lo conocí, sino pasé muchísimos días con él. No recuerdo quien escribió: "La mujer que dijo 'no' a César Vallejo". Esa mujer fui yo. Pero de veras, cuando César me dijo si podíamos llegar a un romance o algo así, le dije: "Has llegado tarde porque hace una semana me he comprometido con Felipe Rotalde". Y él me contestó: "Yo siempre llego tarde". Vallejo era de lo más simpático y de lo más alegre, y no doliente como se sigue diciendo por ahí. Siempre tenía muy cuidado e impecable su terno oscuro. Me decía: "¿Cómo se me ve?". Muy bien, le dije yo. "Esta es la elegancia del terno único", me respondió. Eran tan alegre que casi todas la noches se iba al "Can Can". Lo que más me agradaba de él era su loco deseo se irse: "Vente conmigo, aquí no vas a poder hacer nada", me decía. También su amor por los libros, por los poetas. Pero también dejaba traslucir algo de lo que le habían hecho en Santiago de Chuco, es decir la injusticia de encarcelarlo.

     -Pero, ¿no llegó a enamorarse de él?

     -No. Lo único que le dije fue: "Qué feo eres, pareces tallado en un árbol. Pero dentro de esa fealdad... ¡qué belleza tienes!". Le hizo mucha gracia. Y cuando me entregó "Los Heraldos Negros", y me los hizo leer, me preguntó que cuál era el poema que más me había gustado. Le dije que "Exaltación". Creo que no le gustó mi elección porque me dijo: "Gusto de mujer".

     -¿Cómo trabaja usted, Angelita?

     -Si de método se puede hablar, yo soy una mujer que no tengo ningún método. Sigo siendo la bohemia que fui, sigo siendo bohemia aún dentro de mi casa. Conservo un orden desordenado: sé de mis papeles, de mis libros. Y si algo puedo decir en mi favor es que mantengo mi curiosidad de los años juveniles.

     -¿A quién recuerda más entre los vivos?

     -¿De todos? Mira, voy a plagiar a mi inolvidable amiga Blanca Luz Brum: "Todo el mundo cabe dentro de mi corazón".

     -¿Y entre los muertos?

     -A mi padre y a José Carlos Mariátegui.

     -¿Qué le ha parecido la vida que le ha tocado? ¿Fue buena, mala, tal vez regular?

     -Me ha tocado una vida en que he vivido acontecimientos que nunca creí alcanzar verlos. Por ejemplo, al cometa lo vi tantos días que me pareció una cosa natural: era como si se hubiera estampado en el cielo. Apareció en una época muy calurosa: mi hermana Rebeca y yo sacábamos la cama al balcón y juntas, echadas, veíamos, al cometa Halley.

     -Pero, ¿le ha gustado la vida que le ha tocado?

     -Yo le dirigí una carta a mi marido de esta forma, y aquí me voy autoplagiar: "Ame, gocé, sufrí... viví en una palabra". Para mí vivir es eso: amar, gozar. Ahora he sufrido más con los dolores ajenos que con los míos. Me parece que una de las razones por las cuales vine al mundo fue para servir, y hasta esta edad sigo sirviendo. Pero también vine para luchar, por eso me han metido dos veces en la cárcel.





*Extraído de: "La vida que yo he vivido...", La República, 39 p. (Lima, 30 de marzo de 1986).

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