9 ago. 2016

"La espera", por Felipe Buendía


      Esto sí me sucedió a mí.

     Iba por una calle de París; en el Barrio Latino, como es fácil de suponer; cuando se me aproximó a grandes pasos un árabe gigantesco a quien conozco de vista: 

     -¿Me puedes prestar tu pieza hoy día? -dijo con voz de verdadera angustia-, quiero descansar.

     -No; -respondí- hoy día es imposible.

     Di media vuelta y estuve vagando muy regocijado por mi crueldad.

    Esa misma noche en el "Mabillon" me informaron que el árabe se había arrojado al Sena. Era domingo y al saltar habría incomodado a los aficionados a la pesca. La noticia me extrañó, pues juzgaba que motivos de suicidio eran una pasión contrariada o la falta de dinero. Estaba seguro de que mi impiedad descorazonó al árabe al punto de repugnarle la humanidad. Mi respuesta había sido la gota que rebasó su desesperación.

     Retorné a mi hotel y ascendí las escaleras silbando suavemente.

     Mi habitación se advertía iluminadora a través de las rendijas.

     Temeroso dí vuelta a la llave y abrí. Sentado en mi lecho estaba el gigantesco árabe con las manos cruzadas sobre el vientre.

     -¿Qué haces aquí?- le pregunté.

     -Estoy esperando que me saquen del río- repuso. 
    

Lima, 1958.



*Extraìdo de: Cielo abierto, Vol. V, Nº 13-14, p. 55 . (Lima, 1981).

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