5 ene. 2016

Manuel Jesús Orbegozo entrevista a Jorge Luis Borges

Manuel Jesus Orbegozo y Jorge Luis Borges


Prendido de mi Brazo


     En el hall del Hotel Bolívar, el hombre tantea con su bastón de caña de bambú y se sienta.

     -Tomemos té. Le invito. ¿Quiere té o prefiere otra cosa?

     Yo pido té, mecánicamente, porque lo que me preocupa más es saber a qué Borges voy a entrevistar: si al que arrastra la costumbre del "five o'clock tea", porque viene de ingleses; o, al otro, el autor de algunas página válidas para la inmortalidad.

     -Y, bueno, siéntese y conversaremos, para qué va a preocuparse. Después de todo, los dos Borges están en sus manos con sus afinidades esenciales y sus diferencias. Aquí, tiene Ud. al Borges que dicta conferencias y enseña inglés en la Universidad de Buenos Aires y al otro, al íntimo, a quien yo no he de sobrevivir. Aquí tiene Ud. al resignado, al que...

     -¿Resignado con qué?

     -Con el primero, con el perdido en la realidad.

     -¿Perdido o evadido de la realidad?

     -Y, bueno, evadido, que esa es también una forma de la realidad; ¿no, María Esther, vos qué decís?

     María Esther Vásquez vuelve su breve cabeza alborotada y desde su butaca donde presencia el epectáculo de la conversación esquiva el compromiso: "Y, bueno, yo qué voy a decir, vos tenés que contestar".

     Entonces, Borges se conforma con lo que ha dicho, mientras se nota que "las impresiones resbalan sobre él momentáneas y vívidas", aunque no son el bermellón del alfarero ni la bóveda cargada de estrellas, que tampoco son dioses.

     Y, ahora, Jean Paul Sartre y todos los que "queremos que el escritor abarque su época, porque está hecha para él y para ella", ¿qué hacemos?

     Días antes, Jorge Luis Borges, bajo el pretexto de tomar café. estuvo en manos de un grupo de criollos intelectuales legítimos y de los otros, ante quienes ratificó que él no creía en una literatura comprometida. Al terminar la reunión, uno de ello me dijo: "Mira, te regalo a Borges con sus libros y todo". Yo estuve a punto de aceptar el regalo, pero me di cuenta que era demasiado para mí. Me vi obligado a rechazarlo.

     Y, bueno, yo soy sincero, yo escribo para cuatro de mis amigos más íntimos. Cuando empecé no creí que iba a tener tanto lector, como tampoco pensé que iban a proponerme para el Premio Nobel, sabiendo que hay tan grandes escritores en mi país y fuera de él, ¿no?

     Borges bebió un largo sorbo de leche como para ahogar su vanidad, esa especie de falsa modestia que es comidilla de sus detractores.

     -No, no es falsa modestia, ¿no, María Esther? ¿No es verdad que soy modesto, que soy modesto de verdad? Decílo vos, María Esther!, le impreca a María Esther.

     Y, la fiel salta como un resorte de su sofá y dice: "Sí, eres modestísimo, Jorge Luis, vos podés dar lecciones de humildad".

     La alevosía de mi duda ha despertado más protestas. En el sofá de al lado, hay un hombre de Alabama que está contra la discriminación racial o, ¿será un dominicano que está contra los "marines" norteamericanos? (Yo no sé quién es ese hombre y a mí no me gusta inventar nada, pero también ha protestado. Yo lo miro tercamente y él rehuye mi desafío. Se tapa la cara con el diario que ojea donde se habla de un asesinato brutal).

     -Y si el asesino fuera Ud., Borges, ¿cómo reaccionaría?, ¿como el Quijote cuando descubre que en lugar de matar a un molino de viento ha matado a un hombre?

     Homero o diré, Borges, ha quedado mudo.

     El no reacciona de otra manera porque esto no es sino una hipótesis, la primera; o reaccionaría, patéticamente, porque Borges está convencido de que él es una proyección de otro yo, del que sería incapaz de cometer un crimen, hipótesis segunda; o, saltando sobre la tercera y la cuenta, Borges sería indiferente porque él sabe bien que el muerto es ilusorio como es el revólver que aún humea en su mano y "el mimo y toda su vida pretérita y los vastos dioses y el Universo".

     -Y, bueno, qué rara la pregunta que me hace Ud. La verdad es que yo soy cobarde ante el dolor físico, pero creo que he de ser valiente ante la imagen de la muerte; no sé, en fin. Una vez, fui al oculista. Después   de examinarme, me dijo: "Dentro de un mes Ud. va a perder la vista". Yo recibí la noticia con serenidad e indiferencia y estaba por creerme valiente, cuando mi madre me hizo salir de mi duda: "Sentáte, ché, me dijo, porque vas a desmayarte". Y, bueno, yo no sé dónde reside la valentía. Yo era amigo de un payador. Paredes se llamaba, y era mu viejo. Un día andábamos juntos, cuando tuvo un lío con otro, mucho más joven que él. Fuimos, entonces, a su casa donde el viejo sacó dos cuchillos de pelea  que siempre son uno grande y otro pequeño. El extendió los aceros y le dijo a su contrincante: "Escogé vos el arma y dale un tajito a este viejo". (Borges dice esto en un tono para ser escuchado y no leído).

     Borges está cansado. Debe entreverar esos recuerdos con Machupichu que lo ha deslumbrado porque la historia de Buenos Aires no es de siglos. Bosteza.

     -¿Ah? Funes fue una metáfora del insomnio. En esos tiempos yo no podía dormir pensando en la inmortalidad, con Macedonio Fernández. Entonces, se me ocurrió escribir algo sobre la imposibilidad del olvido e invité a Funes monstruoso que muere abrumado por los recuerdo más menudos, un personaje de pocas luces, incapaz de razonar porque vivía en un mundo de ideas demasiados concretas. Le puse Funes porque así se llamó uno de mis tatarabuelos que era cordobés, de Córdoba, Argentina, como el fundador que fue Jerónimo Luis Cabrera, también pariente mío. Y, bueno, usted dirá que sólo vivo hablando de mis parientes, pero, por ejemplo, de mi madre no podría hablar porque la tengo muy cerca de mí...

     -Y, bueno, Borges, ensaye algo, acá le obsequio el marco, a Ud. le toca poner el retrato.

     Yo nunca sabré a cual de los dos Borges le habrá causado tanta alegría mi propuesta. Los dos deben estar viendo a la dueña el hogar lejano leyendo digamos, "Eveything and Nothing", con su gran collar de perlas rozando el alto sofá de la biblioteca.

     -Qué linda propuesta, ¿no? A ver, María Esther, ¿vos podés ayudarme? Y, bueno, mi madre es mucho más lúcida y razonable que yo. Ha sufrido mucho, es muy práctica y de una gran bondad e indulgencia, aunque tenemos algunas diferencias, por ejemplo, ella es sinceramente católica y yo, bueno, yo estoy listo a aceptar la posibilidad de que Dios exista, como también a desechar esa posibilidad.

     Cruza el hall del Bolívar, el brasileño que ha espantando el fantasma el hambre en el mundo y a quien acabo de entrevistar.

     -Y, bueno, yo también, responde Borges, he sentido hambre y hasta he escrito un poema por encargo de la sociedad de Jossué de Castro, pero como todo lo que es de encargo, debió haberme salido mal; yo escribí ese poema, ¿no, María Esther?, yo lo dicté a una empleada, aunque  ella haya jurado por el amor de su vida, (un apuesto inglés), que no le dicté nada. Y, bueno, a despecho de esa incapacidad, me aprendí de memoria los versos de Almafuerte:

"Yo deliré de hambre muchos días
y no dormí de frío muchas noches
para salvar a Dios de los reproches
de su hambre humana y de sus frías".

     Entonces, Homero o Borges preguntó la hora. Eran casi las 6. Había que irse.

     Dejar los asientos sobre lo que otros vendrán después a ocupar. Dejar las tazas de té y las agonizantes colillas de los cigarrillos. Había que irse pensando "en que las cosas, ahora, son como si no hubieran sido".

     Borges ha comenzado a inquietarse. Más ante el fantasma del tiempo que ante la pregunta: "Y, claro, me hubiera gustado ser revolucionario para defender la libertad que yo la intuyo como un mínimo de gobierno y un máximo de libertad individual. Hay veces que hasta los semáforos cometen un poco de atentado contra esa libertad, ¿no le parece?

     En el reino de las palabras danzan "revolución, dominicano, burgués, canalla, capitalista..."

     -¿Borges? Y, bueno, yo soy burgués y no me avergüenza serlo. Nosotros somos como un sandwich al que aplastan los ricos de arriba y los pobres e abajo. Qué desigual es este mundo, ¿no? Ahora, un portero gana más que una enfermera y una enfermera gana más que un médico. Al final, más valor van a tener los diplomas de analfabetos.

     Un fósforo ilumina su rostro, brevemente.

     -¿De los elementos? El que más me fascina es el agua; después, la tierra. Como la mitad soy de Inglaterra, amo la Odisea; pero también amo la Ilíada porque soy argentino.

     Son las 6. Ya debe haber salido la luna de la que no habrá caído un león. Nos levantamos dejando constancia de que el tiempo ha pasado por Borges, por María Esther, por Corcuera, por mí, por el Hotel Bolívar con su pálido mobiliario y sus tacitas de té vacías. Tenemos que aceptar el destino y, con el genio en las sombras "pensar en que las cosas, ahora, son como si no hubieran sido".


  DOMINICAL, 22 de junio de  1986.



*Extraído de: MJO, Entrevistas, Hombre y Hechos del Mundo, pp. 30-33. Lluvia Editores (Lima, 1989). 

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