1 may. 2015

"El arte y la idea de Dios", por Fernando de Szyszlo

Fotografía del artista plástico peruano Fernando de Szyszlo

     ES UNA VERDAD ACEPTADA que la cultura nació cuando los primeros hombres, habiendo ya desarrollado la agricultura, dispusieron del tiempo que les permitía pensar en sí mismos, interrogarse sobre su destino, y es también evidente que el primer vínculo entre el arte y la ciencia es que ambos constituyen intentos de explicarnos, de hacernos aceptable el mundo circundante, la realidad, y con ella nuestra propia condición humana.


     Si el arte y la ciencia son experimentos con la realidad, y al mismo tiempo ensayos de elucidación de nuestra situación y nuestro destino, la religión, el pensamiento religioso, y por ello la idea de Dios fueron la consecuencia natural de esta interrogación. Es sin duda por esta causa que las fronteras entre el arte, la ciencia y el culto religioso son tan difíciles de distinguir en sus comienzos. Religión, arte y ciencia nacen confundidos como la expresión de una interrogación filosófica sobre el hombre y su destino y son, al mismo tiempo, los únicos medios a nuestro alcance de investigación e interpretación del mundo exterior y de expresión de la experiencia humana es por ello que han sido elementos indispensables para la formación y el desarrollo del pensamiento; lejos, pues, de ser una superestructura, están ligados desde su base al crecimiento y el desarrollo de la inteligencia humana.

     Arte y religión nacieron juntos. El arte, en la mayoría de los casos, produjo los elementos objetivos del culto, mejor dicho, le dio forma real, objetiva al pensamiento religioso. Alguna vez el crítico Herbert Read dijo que el acto artístico podría describirse como una cristalización que parte del mundo amorfo del sentimiento para llegar a formas significativas o simbólicas.

     En sus inicios el arte fue siempre un campo profundamente vinculado al pensamiento religioso y en las sociedades primitivas el artista existe solamente como proveedor de las imágenes del culto, como productor de una ventana que nos permite mirar a una realidad otra, distinta, no sujeta a la decadencia ni de los hombres, ni del tiempo.

     La idea del artista, del creador artístico, que tenemos ahora, es una idea relativamente nueva. El ser humano, que para nosotros es un artista, y que creó desde las pinturas de las cuevas de Altamira hasta las monumentales esculturas egipcias, pasando por el arte precolombino y todas las artes llamadas primitivas, era un hombre que si para nosotros, repito, es un gran artista, él no era para sus contemporáneos, ni para él mismo, un productor de obras de arte. La idea de la estética o del objeto creado con fines estéticos le era totalmente ajena. Ciertamente sus fines no eran artísticos, y pertenecían a un conjunto de propósitos mucho más complejo en los que participaban lo religioso y lo mágico y que eran la manifestación de la cosmovisión de su grupo humano. No ha habido sociedad desde el comienzo del tiempo hasta el advenimiento de lo que llamamos historia moderna en la que no haya sido la idea de Dios la que concentrara todas las relaciones del hombre con las fuerzas desconocidas que regían desde el clima hasta la noción del tiempo y, fundamentalmente, la muerte y la esperanza de algo más allá de ella. Necesitaríamos llegar a la segunda mitad del siglo diecinueve y a Nietzsche para que el hombre se atreviera a proclamar la muerte de Dios y la total orfandad de lo que el propio Nietzsche calificaría como "esa enfermedad llamada hombre".

     Los objetivos de este individuo creador de los medios del culto, igual de las imágenes que de las palabras, que era en parte un mago y en parte un sacerdote y en parte un artesano y que nosotros llamamos ahora un artista; sus objetivos eran tratar de obtener la benevolencia de sus dioses, halagarlos, influirlos, para tratar de conseguir una "propiciación o conciliación de poderes superiores al hombre que se cree dirigen o controlan el curso de la naturaleza y de la vida humana" [Frazer]. Al hacer de intermediario en la relación con Dios o con los dioses él expresa por todo su grupo humano, conscientemente o no, los anhelos, las alegrías, los terrores de su pueblo y al hacerlo provee las bases para aceptarlos, para sacarles partido, para ir más adelante y cada vez que logró producir símbolos válidos para todos contribuyó a la estabilidad emocional de su pueblo.

     El autor latino Cecilio Estacio decía que fue el temor lo que trajo los dioses al mundo. De esta manera no habría sido hecho el hombre a imagen y semejanza de Dios, sino Dios hecho a la medida de la angustia, de la soledad, del temor del hombre al enfrentar su condición. Los críticos de arte de este siglo de Wilhelm Worringer a Herbert Read, pasando por André Malraux, ven en esta "ansiedad cósmica" un denominador común evidente entre el arte de la prehistoria y el de la época contemporánea. El crítico francés Marcel Brion observó alguna vez con mucha agudeza la vinculación directa que existe entre las sociedades, sus relaciones con sus dioses y el arte que producen. Dice Brion que cuando un grupo humano no está dominado por la angustia, tiene confianza en el futuro, y los dioses no son enemigos sino tolerantes y de comportamiento benévolo, ese grupo produce un arte realista en que describe con exactitud la naturaleza y a sus semejantes, los ejemplos más evidentes se hallarían en el arte griego clásico y en el arte del Renacimiento; pero cuando un grupo vive dominado por el temor y sus dioses son severos, inescrutables e inclinados al castigo, el arte que este grupo produce es un arte que se aparta de la representación de la figura humana y de la descripción de la naturaleza, y cuando usa figuras y paisajes para expresarse lo hace deformando deliberadamente o no, las imágenes para usarlas en la expresión de sus sentimientos. Como ejemplos se pueden dar el arte del medioevo, gran parte del arte contemporáneo y la mayoría de las artes primitivas.

     Es en el siglo XIX en donde un grupo de circunstancias coincidentes marcarán la separación de las artes de toda intención que las pusiera al servicio de otro propósito: es decir que el arte se convirtió en una de las formas de lo absoluto y que, de una parte, debido seguramente al desarrollo de la filosofía materialista, o agnóstica o simplemente no religiosa, y de la otra parte, gracias al invento de la fotografía, que liberó a la pintura de su función documental, la pintura se volvió un lenguaje en sí misma y para decirlo con una frase de Ortega, la pintura que había sido una especie de imagen que se miraba a través de una ventana, hizo que el pintor contemporáneo lograse detener la mirada ya no en el jardín, sino en el cristal. Todo esto no separó sin embargo a la pintura de su connotación religiosa, simplemente que dejó de ser un puente para volverse ella misma la expresión de sentimientos de un orden espiritual que si no es religioso tampoco pertenece al mundo de lo cotidiano. Malraux mismo confiesa que "el vocabulario religioso es aquí irritante, pero no existe otro" y añade más adelante hablando del arte "no es una religión pero es una fe. No es lo sagrado pero es la negación del mundo impuro".

     Del mundo oscuro y lleno de rituales y temores del habitante primitivo hasta llegar a la oscuridad, la soledad y la desesperación del mundo del hombre contemporáneo, tan bien descrito por sus artistas, pasando por los esplendores de la confianza en el mundo y en la vida, del artista del Renacimiento, el arte ha sido en todo momento una de la maneras de explicarse y hacer soportable el mundo y la condición humana, fugaz y mortal. En un momento estuvo totalmente confundido con la idea de Dios, del Ser Supremo inmutable, en todo momento fue necesaria la sensación que produjo el arte de que las fuerzas que el hombre naturalmente no podía controlar podían ser vueltas en nuestro favor o si no podíamos, por lo menos, dejar un testimonio de nuestra batalla y de nuestra derrota.



*Extraído de: Miradas Furtivas, Fernando de Szyszlo, pp. 33-37, Fondo de Cultura Económica (Lima, 1996).

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