16 abr. 2015

"Claudia Escorpio" de Oscar Barreto Linares

Pintura de Rene Magritte: The Lovers - Los amantes
(The Lovers - Rene Magritte)

     Nada duele tanto como un adiós, sobre todo si es un adiós a la voz, a la presencia física, a la compañía de un ser tan fundamental. Pero eso recién lo entendía José, que a media mañana se restablecía de una noche de pesadillas. 


     Desde su habitación se distinguía, por las ventanas superiores con mallas metálicas y marco de madera pintado de rosado, el manto de suave amarillo que dejaba sobre el cielo raso la única luz encendida en la casa. Y afuera, la lluvia torrencial que daba un aspecto triste, pero reposado y renovador, a la ciudad. La mezcla de todo esto; es decir, del dolor de una partida que lo mantenía extraviado, de la acogedora luz, y del crujir de la lluvia, ya no le permitió descansar. José Gonzáles, entonces, se levantó de la cama y fue en búsqueda de un heladísimo vaso de agua, allá a la cocina. Después de beberlo, observó el panorama con actitud reflexiva, y de la profusión de imágenes que se sucedieron en su memoria, solo quedó una: la sonrisa de una mujer que le hacía bien.

     Noches antes, José y Claudia Escorpio caminaban sin prisa por un bulevar. Ella volvió a aparecer en su vida después de muchos meses de silencio, con su blusa de flores, su risa de niña traviesa y su incontrolable mar de palabras y preguntas. Pero aunque ya no parecía enigmática ni temperamental, José se preguntaba sobre el porqué de su enésimo retorno, si la última vez que conversaron, ella lo fulminó con su pedido de que no la vuelva a llamar ni escribir. Por eso la escuchaba con incredulidad, pero lo animaba el deseo de volver a unirse a su cuerpo, de amarla con ese delirio de ocasiones anteriores.

     El bulevar los condujo a un parque ribereño, poblado de parejas, familias, cómicos ambulantes y vendedores de cancha, cigarros y dulces. José y Claudia se sentaron en una banca, hasta donde llegó la voz de una prodigiosa pero desconocida cantante con que los cómicos deleitaban al público. “No hay duda que tenemos que luchar para lograr nuestros propósitos. Creo que no es fácil para nadie, ni para los abogados, ni para los cantantes, como ella, y ni siquiera para alguien como yo, un amanuense con vocación de seductor que ahora quiere besar tu cuerpo”, pensaba José, observando a Claudia, mientras buscaba el momento preciso para proponerle una noche de pasión.

     -“Verás, José: las mujeres no somos objetos sexuales. Nosotras queremos que nos traten como personas, que entiendan que también somos un amasijo de carne y sentimientos, que así como pueden suspirar y entregarse cuando están enamoradas, también pueden sentirse lastimadas. Es necesario que nos escuchen, que nos aprecien y que se preocupen por conocernos un poco más, incluso en el campo sexual. Pero los hombres solo piensan en tres cosas: en ustedes mismos, en el sexo, y en tenerlo como a ustedes les gusta”, dijo Claudia unas horas después, cuando terminó la cita. Pero José no quiso saber de explicaciones. Creyó que todo era mentira, que ella lo estaba rechazando, o que solo buscaba jugar con sus expectativas, con su psique. Por eso la trató mal y le dijo que se fuera, pues no iba a permitirle que jugase con él.

     Así transcurrieron algunos días, en uno de los cuales falleció el escritor al que José más admiraba, aquél que era capaz de amalgamar, cual piedra filosofal, la magia y realidad, con tal precisión que ayudó a las naciones latinoamericanas a entenderse y admirarse en el diverso panorama mundial de culturas, y que motivó a numerosas delegaciones de escritores nacidos con posterioridad, a emular ese estilo tan suyo, tan excelso, tan genial. Gabo había fallecido, un Jueves Santo, y aunque José trataba, no encontraba el consuelo.

     Fue en esas circunstancias en que bebió el heladísimo vaso de agua y recordó la sonrisa de Claudia Escorpio. Y como un torbellino fueron sus palabras, las de ella, luego de que las recordó y comprendió. Entonces se vistió a la carrera, y pese a la descomunal lluvia, decidió ir a buscarla. Llamó a su puerta, y cuando Claudia salió, él la tomó de la mano y le acarició el rostro.

     -“Lo entiendo todo”-dijo. “Tu ausencia se debió a mi actitud, a que antes yo solo obedecía a mis impulsos. Desde ahora prometo tratarte bien, como lo mereces”.

     Claudia lo observó con felicidad en los ojos, y asintió en silencio a una pregunta que, aunque no dicha, flotaba en el aire. Unos segundos después, José le tomó la otra mano y le dio un beso de cómplices en el amor.




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1 comentarios:

Aun recuerdo ese dia, pero no el final!

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