12 mar. 2015

"Javier Sologuren. 'Vida continua' ", por Carlos Germán Belli

Portada de la primera edición del libro "Vida Continua" de Javier Sologuren.
Vida continua
Ediciones de la Rama Florida 
y de la Biblioteca Universitaria.
Lima, 1966.


Ni mi pluma ni esta breve reseña son los medios adecuados para dar noticia de las poesías completas de Javier Sologuren, Que en el curso del año han salido a la luz bajo el título de "Vida continua", en una edición a expensas del propio autor. Pues, realmente, considero que ello exige un trabajo que supera mis límites y los de la presente nota; pero es el caso que el azar, con sus raras circunstancias, y mi vieja admiración por este escritor, me han colocado en la coyuntura de escribir, aunque someramente, sobre su obra.
     En el proceso de la poesía contemporánea del país, Sologuren está adscrito a aquella línea que arranca en Eguren, pasa por los Peña y prosigue con Bendezú. Tal corriente se ha mantenido viva, pese a la eclosión experimental de la "primera vanguardia", y al firme arraigo del realismo del decenio del cincuenta.

     Nos lleva a una forzosa reflexión si consideramos el contorno físico y temporal en que a dichos poetas les ha tocado vivir y escribir sus obras, ya que nuestro medio y nuestro tiempo tan procelosos impelan al creador a estéticas basadas en las realidades objetiva inmediata o subjetiva del hombre, que a veces entrañan inminentes riesgos como la de trocar las obras en documentos sociológicos o psiquiátricos.

     Pues bien, provoca sorpresa y encomio cuando apreciamos la existencia de este tercer mundo poéticos, que se nos presenta como toda una verdadera tradición entre nosotros.  más si lo consideramos a la luz de Sologuren, en cuya vida y obra se hace patente por añadidura el don de la autenticidad espiritual, que ha heredado de Eguren, su ilustre predecesor.

     En general, la obra sologureniana suma más o menos un centenar de poemas escritos a lo largo de cuatro lustros; no posee esa "facundia embaucadora", de la que habla Cernuda al comparar la parca pero eterna cosecha del sevillano Francisco de Medrano con la de sus copiosos coetáneos del Siglo XVI. De otro lado, "Vida continua" no es una floresta de varia poesía, sino un mundo cerrado guarnecido por determinados emblemas.

     En efecto, en esta suerte de periplo de ida y vuelta se suceden algunos tradicionales temas claves; pero es el aliento de la diosa Flora que insufla mayormente estos versos. Y no otra deidad sino la propia "potencia vegetativa que preside todo lo que florece"(1), podría gobernar el orbe de Sologuren, que es pura fruición de lo que bulle, y aun la misma enajenación:

Y yo poeta            
en la embriaguez
de hallarme vivo  
      queriendo la palabra
arriba, arriba       
          como pulso o bandera,
        perpetuum movile
 del día, de la vida.
                                       (pág. 156)


     Pues el poeta desciende "a la profunda animación de la fábrica corpórea"(2), encandilándote el reino vegetal y de cuyo seno escoge sus símbolos espirituales. Palabras como flor, o ésta particularizada (azucena, nardo, rosa, violeta, magnolia), o fruto, follaje, árbol, hoja, etc., van siendo usadas sucesivamente como imagen, símil o leit motiv de la composición, constituyendo un singular equivalente botánico del bestiario. 

     Además de los reiterados ornamentos floridos que configuran la esencia de tal poesía, hay otras anáforas que cumplen idéntica función. Son los elementos lumínicos: el haz de luz que fulge por entre los ricos dones de Flora, exaltando más así el testimonio de la existencia. Bien lo proclama sin ambages: "mis ojos buscan luz sobre la tierra"(3). Y tanta es la copia de la lumbre, que en ella su pupila crece (4); o llega hasta dudar si respira lampos (5); o reconoce que sus ojos y sus mientes  son guiados por una luz gemela(6). En suma, en una décima juvenil, dice rotundo:

... (todo y nada,                               
y silencio y fragor - luz destinada
a nacer y morir en cada gozo).     
                                                (pág. 17)

     Aunque flanqueado por la flor y la luz, Sologuren no se olvida en momento alguno de su continente interno, del fluido inmediato. Así lo reconoce paladinamente:

La oscura enredadera de mi sangre
ardiendo está en silencio                   
antiguo aroma.                                    
                                                   (pág. 21)

     Ya exalta la sangre a la altura del desorden y el sueño(7), ya la considera como un símbolo de la realidad objetiva(8), en un texto no representativo sino más bien heraldo de una posible etapa.

      El otro grupo de componentes de este mundo poético, bien puede llevar como divisa la locución latina perpetuum movile, inserta precisamente en una estrofa transcrita líneas arriba. En efecto como óptimos depositarios del vivir, los versos de Sologuren trasuntan lo bullente de nuestro contorno, esto es, los elementos que desarrollan el trajín del universo. Su pupila se impregna de todo lo que se agita sea en el firmamento, sea en la superficie. En cuanto a lo de aquél, la serie va desde el aire, viento, nube, vuelo, pájaro, hasta el dardo y la flecha, cuerpos de fabricación humana que son la quinta esencia del acto de moverse. En cuanto a los elementos del bajo mundo, el autor destaca, repetidas veces y con rara maestría, el agua, la ola, el río y el mar.

     Poesía del vivir, como es la presente, no puede estar exenta de la alusión a las estaciones que desde la Antigüedad han servido para simbolizar el devenir humano. Ora la Primavera, ora el Otoño: la exaltación o la concentración. Pero a veces no hay línea divisoria entre ambas estaciones, y las virtualidades de una son hermoso y acertado emblema de un tema que correspondería a la otra:

El clima de tus ojos es de otoño
y en su follaje hay huellas
de heridas uvas.
          Así,
de rojo otoño
y desvelada niebla
está hecho el vino donde tú me llegas.
                                                     (pág. 96)

     En fin, tal manera se presenta también en la composición intitulada "Morir"(9), en la cual los dones de la vida avasallan con su esplendor a la inerte parca, transfigurándola en la resurrección soñada por todas las religiones y los hombres de buena voluntad de todas las épocas. La posibilidad de disolver la más odiosa antinomia de la creación, una vez más la divisamos a través del fuero poético, y ahora por el verbo de un poeta, con cuya vida y obra no dejarán de tener trato e inteligencia, creo yo, los hispanoamericanos del mañana.


(1) Diccionario de símbolos y mitos, J. A. Pérez Rioja, pág. 177.
(2) Vida continua, pág. 27.
(3)         Id.,               pág. 47.
(4)        Id.,               pág. 22.
(5)
        Id.,               pág. 33.
(6)        Id.,               pág. 99.
(7)
        Id.,               pág. 36.
(8)
        Id.,               pág. 155.
(9)
        Id.,               pág. 36.



*Extraído de: Revista Peruana de Cultura 9-10, Casa de la Cultura del Perú, págs. 134-136. (Lima, 1966).

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