10 mar. 2015

"Ernest Jünger: Un siglo de fuego y literatura", por Guillermo Niño de Guzmán

Fotografía del escritor Ernst Jünger.

Raro privilegio el de poder festejar un centenario -no sé de otro caso semejante en la historia de las letras- y sobre todo tratándose de un autor de primera línea. No obstante, Jünger siempre ha desatado apasionantes polémicas en su país. Y, si bien nadie ha puesto en duda su altísima calidad literaria, su devoción a Nietzsche y las implicancias  nacionalistas de su pensamiento, lo han convertido en una figura controvertida en la intelectualidad germana de la centuria. 

     "No se hará nada en contra de Jünger" fue la sentencia de Hitler pese a las exhortaciones de Bormann y Goebbels para que acabara con él. Uno no puede menos que preguntarse por qué tanta consideración para con aquel capitán de infantería que osaba desafiar las iras de los jerarcas del nacionalsocialismo. ¿Tan importante era el escritor Ernest Jünger para el Führer o acaso éste secretamente albergaba todavía las esperanzas de contar con él en la era de una supuesta victoria? Estas y otras interrogantes afloraron cuando al autor de El corazón aventurero le concedieron el prestigioso Premio Goethe en los años de la posguerra, suscitando una retahíla de ataques y discusiones.

     El caso Jünger es uno de los más apasionantes del siglo XX. No conozco a ningún otro escritor que haya logrado fusionar tan maravillosamente al artista con el guerrero. Más aun, creo que ni siquiera dos hombres de acción como Hemingway y Malraux han podido dar una imagen tan real y estremecedora de la guerra, una visión en la que la destrucción y la muerte transmiten por momentos una desconcertante sensación de belleza. Y no es que Jünger se preocupe por adornarla o tergiversarla; simplemente su recreación del horror es tan vívida y minuciosa, sus emociones tan hondas y desbordantes que trascienden la realidad verbal y nos hipnotizan con el esplendor de lo auténtico. Ya lo había dicho André Gide, al referirse a uno de los textos del narrador alemán: "Incuestionablemente el más hermoso libro de guerra que he leído; de una buena fe, de una veracidad, de una honestidad perfectas".

     Nacido en Heidelberg en 1895, el temperamento inquieto y el deseo de aventura que bullía en el joven Jünger lo impulsaron a salir del hogar y a aparentar ser mayor de edad para alistarse en la Legión Francesa. Según él, lo animaba un entusiasmo por África que le había despertado la lectura de relatos como Stanley. Sin embargo, estos Juegos africanos (1936), tal como tituló otro de sus libros autobiográficos, no concordaron con las expectativas de su imaginación y optó por desertar. Retornó a la casa paterna y a los estudios escolares, aunque al poco tiempo se sintió agobiado por la falta de acción. Por ello, cuando estalló la Primera Guerra Mundial su espíritu vital experimentó una liberación y sin titubear fue a alistarse como voluntario ese mismo día. Apenas tenía 18 años.

     En el frente el soldado Jünger disparó su fusil con la misma constancia con que garabateó las libretas que llevaba en el bolsillo de la guerrera. Fue sobre la base de esas notas tomadas diariamente mientras los obuses y las bombas llovían sobre las trincheras que luego escribió Tempestades de acero (1920), libro que junto con El bosquecillo 125 (1925) y Fuego y sangre (1925) conforman una impactante trilogía bélica, indiscutiblemente el mayor testimonio literario de la Gran Guerra. Ya he aludido a su valor como documento pero quiero hacer hincapié en que la mirada artística del escritor es la que contribuye a darle un carácter perdurable, a diferencia de tantas otras memorias de guerra que no han podido superar el olvido.


Rendirse jamás 


     Hasta ahora me parece sorprendente cómo se han conjugado en él la fiereza y el arrojo del guerrero con una sensibilidad exquisita, profundamente humana. Héroe de guerra, Jünger obtuvo las más altas condecoraciones. Desde luego, fue herido en varias ocasiones y a pesar de ello persistió en volver a sumergirse en el fragor del combate. Es preciso aclarar que Jünger nunca fue nazi, aunque éstos hicieron todo lo posible por atraerlo. Goebbels le confesó a alguien: "Hemos tendido puentes de oro a Ernest Jünger, pero no ha querido cruzarlos". La insistencia de los nazis se explica por el nietzscheanismo del escritor que hubiera servido para consolidar las bases ideológicas de su doctrina. En un célebre y polémico ensayo llamado El trabajador (1932), Jünger había manifestado su idea de que luego de la muerte de Dios proclamada por Nietzsche habíamos devenido en una era de titanes, quienes son los que detentan el poder y el dinero. Y, aun cuando ha sostenido que las alusiones políticas y económicas son secundarias y que su pretensión era resaltar a una figura mítica que juega un papel esencial en nuestra época, los críticos incurrieron también en otro tipo de interpretaciones y por cierto fueron los nazis los más interesados en darles un giro conveniente para sus fines.

     De cualquier manera, el nacionalismo de Jünger no debe ser mal entendido. Poco o nada tiene que ver con las ambiciones de Hitler. Ya en 1927 se había negado a ser diputado del Reichstag por el partido nazi y no sólo rechazará después sucesivas invitaciones sino que, en un alarde de coraje, prohibirá públicamente que los nazis hagan el menor usos de sus escritos. Actitud desafiante que corroborará con su alejamiento de Berlín en 1933 para retirarse a vivir en pequeñas ciudades germanas hasta el estallido de la guerra en setiembre de 1939.

     Fue llamado a filas con el grado de capitán y participó en la invasión de Francia. Al empezar la contienda había publicado un misterioso libro denominado Sobre los acantilados de mármol (1939), en realidad una críptica alegoría del régimen hitleriano en la que éste era fustigado duramente. Con impecable sutileza Jünger se dio el lujo de mostrar su repulsa al siniestro Gran Guardabosques (personaje que sugiere la figura de Hitler), elaborando a la par una fascinante novela que combinaba admirablemente la fuerza épica con un aliento lírico. Relato intenso, labrado con una prosa de orfebre, puede ser considerado entre sus obras cumbres.

     No contento con ello y en otro gesto temerario el intrépido autor se las ingenió para publicar Jardines y carreteras (1942), sus diarios de la campaña de Francia. En este libro tuvo la osadía de burlarse del Führer mencionándolo con el seudónimo de Kniébolo y presentándolo como un ser "enclenque, melancólico y menesteroso de contacto" que le ofrecía bombones en medio de un suelo. Obviamente el atrevimiento no pasó completamente inadvertido para algunos jefes nazis, los cuales tramaron métodos indirectos para aniquilar al escritor. El capitán Jünger fue confinado en una guarnición en un mísero poblado al norte de Francia y allí el guerrero flaqueó por una vez y sopesó las posibilidades de suicidarse o desertar. La salvación fue su traslado a París en donde encontró el apoyo de lectores suyos que integraban el Estado Mayor del ejército de ocupación. Gracias a ellos pudo eludir el nuevo destino que los nazis le tenían reservado: el infernal frente ruso en el cual su regimiento será totalmente exterminado.

     Una vez más la suerte pareció sonreír al veterano guerrero. Ya sin el romanticismo del joven soldado, en esta oportunidad Jünger dejó prevalecer al escritor. Su estancia en París se asemeja a la de un artista en tiempos de paz. No sólo frecuentó a personalidades como Picasso, Cocteau, Céline (fue lo suficientemente agudo como para advertir en éste el brillo maníaco de su mirada así  como el exacerbado nihilismo que alimentaba su actitud antisemita), Montherlant, Braque, Drieu La Rochelle y Sacha Guitry, sino que Gaston Gallimard se empeñó en traducir y publicar Sobre los acantilados de mármol. Evidentemente una rara deferencia para con un enemigo que sólo se explica por el honor y la caballerosidad de las que hizo gala Jünger. Estos valores impregnarán sus seis volúmenes de diarios que han sido reunidos posteriormente bajo el título de Radiaciones (en español por Tusquets Editores, Barcelona, 1989; sello que también difundió Tempestades de acero en 1987), notable crónica de la Segunda Guerra Mundial a cargo de uno de sus testigos más privilegiados.

     Pero no todo marchó bien para Jünger durante la guerra. Su padre falleció en enero de 1943 y al año siguiente su hijo Ernstek fue detenido por haber criticado un discurso de Hitler. El oficial alemán apeló a sus relaciones para liberarlo; sin embargo, cuando finalmente lo consiguió Ernstek fue destinado al frente italiano en donde murió a los 18 años "sobre los acantilados de mármol" de Carrara en noviembre de 1944.

     Un ensayo que ayuda a comprender el pensamiento de Jünger es el Tratado del rebelde (1951), consecuencia de un diálogo polémico con Heidegger sobre la cuestión del ser. En él expresa claramente su convicción de que "los hombres son hermanos, pero no son iguales. Las masas ocultan siempre individuos que, por naturaleza, es decir, en su ser esencial, son ricos, distinguidos, bondadosos, dichosos o poderosos. Hacia ellos fluye la abundancia en la misma medida en que el desierto crece. Esto conduce hacia nuevos poderes y a nueva riqueza, a nuevas particiones". Pero más allá del matiz aristocratizante que se percibe en esta visión, entreveo, aparte de la honestidad intelectual para exponerla, una afirmación contundente del rol del individuo. Y, de hecho, el libro entero es una defensa del "recurso de la selva", es decir, aquel por el cual todo ser humado siempre puede rebelarse y como antaño huir a los bosques para evitar el tener que adoptar normas que la sociedad le impone y que entran en contradicción con sus principios.


Jünger, Heisenberg y Heidegger en un congreso literario. Munich.
En 1953, Jünger dialoga con Werner Heisenberg en un congreso
literario celebrado en Munich. En primer plano, Martín Heidegger.

Vida intelectual 


     En las últimas décadas profundizó todavía más en esta línea y llegó a enunciar el concepto del anarca a través de un personaje de su novela Eumeswil (1977), acentuando el escepticismo que ya había mostrado en Heliópolis (1965).

     Jünger arguye que, a diferencia del anarquista, el anarca se caracteriza por su pragmatismo y su rechazo a los excesos ideológicos. Su estado es el de la libertad absoluta y su actitud natural proclama que en primer lugar está el hombre y que su ambiente viene después. Asimismo, le basta la conciencia de su independencia interior y posee la capacidad de asumir diversos disfraces según le convengan y sin perder su identidad. Desde luego, esta teoría puede ser discutida; sin embargo, permite vislumbrar cuál fue la conducta del escritor durante el nazismo y cómo logró preservar su integridad moral bajo el peso de una marea nihilista y genocida.

     Ernst Jünger celebra ahora sus cien años en la finca apartada donde reside, ajeno a homenajes y festejos oficiales. Austero, lúcido y con una inagotable energía que sorprende a su avanzada edad, continúa escribiendo su monumental diario. Para un guerrero que ha salido indemne al cabo de tantas batallas, vivir ha terminado siendo la gran aventura con la que soñaba el precoz legionario que leía a Stendhal con ojos obnubilados. Y en lo que concierne al escritor, como él mismo afirma, "la lucha por un modo propio de ser, la voluntad de salvaguardar un modo propio de ser, es uno de los grandes, de los trágicos asuntos de nuestro tiempo". En ese sentido, su dedicación como hombre y artista a tratar de comprender su época a sido ejemplar durante un largo y turbulento siglo de existencia.



*Extraído de: Artes & Letras, El Mundo, D1. Lima, 8-9 abril de 1995.

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