15 feb. 2015

"Los libros, niñas de los ojos", por Carlos Germán Belli

(The Librarian - Giuseppe Arcimboldo)
Hoy día, en el umbral de un siglo y un milenio, justamente nuevos, nuestro querido y antiguo libro sigue por fortuna vivo, en sus trece, incluso con una visible salud de hierro, según lo prueban los sucesivos eventos que suele suscitar puntualmente en el curso de las últimas décadas, hasta convertir a las respectivas sedes en capitales emblemáticas de la cultura.
Y cada una de estas ocasiones le deparan al lector el privilegio de poder estar rodeado de libros y más libros, pero con la particularidad de que difieren de esas bibliotecas que florecen a lo largo de los años en nuestras casas, y que rebosan de volúmenes antiguos y modernos, así como de materias muchas veces solo predilectas de sus poseedores. Evidentemente, he aquí en cambio obras impresas en fechas muy recientes, que abarcan una gran diversidad de asuntos, y que de suyo cumplen el más noble de los designios, como es el transformar el mundo mediante el bienaventurado acto de la lectura.

     Toda feria de libro resulta una propicia piedra de toque que nos estimula a escudriñar, como siempre con pasmo, la trayectoria de aquello que alberga en sus entrañas como es la quintaesencia del saber humano, y por cierto también la de nuestros amores, quimeras, alegrías y angustias. En suma, la incesante ciencia de todos y el insondable reino interior de uno, que se yerguen codo a codo en las blancas páginas, estas que sin duda descienden de unos seres inmóviles, mudos y enhiestos, como son los árboles, esos habitantes de los parques vecinos o de los bosques remotos.
 
     Y de improviso en una torre de marfil –la que vilipendian los escritores vanguardistas– aparece la figura de un humanoide, extraño entre los extraños, en cuya cabeza y dorso están embutidos unos libros, como si fueran su carne y osamenta. Pero, claro está, basta de fantasías, y enseguida digamos únicamente la pura verdad: he aquí la reproducción de una pintura de Arcimboldo, manierista milanés, quien en el siglo XVI desató el oprimido seso representando el rostro de sus congéneres con los más diversos vegetales, o con plateados peces o suntuosas aves. Sin embargo, en el caso tal, eligió no más un rimero de libros, porque homenajeaba al bibliotecario, apenas nacido por esas fechas.

     Sin más ni más, enmendémosle la plana a Arcimboldo, y en vez del bibliotecario, pensemos que por ejemplo sea un bibliófilo, sí, en efecto, un antiguo amigo limeño, que ha pasado la vida primero en bibliotecas públicas de los cuatro puntos cardinales y, por último, metido en su biblioteca casera. Cuando joven renegaba del lugar donde había nacido, y hoy en cambio está orgulloso, hasta ser un bibliófilo chauvinista. Porque nos dice que en Lima el italiano Antonio Ricardo estableció en el ya citado siglo XVI la primera imprenta de América del Sur, y que en el parnaso peruano apareció un curiosísimo libro denominado 5 metros de poemas, de Carlos Oquendo de Amat, fechado en 1927, que es como un dije bibliográfico, y que se despliega horizontalmente hasta una longitud de 5 metros, por lo cual el lector se convierte en un boquiabierto contemplador de cada página y del volumen general.

     Pues bien, en días previos a un viaje a Venezuela, estuve con nuestro bibliófilo, quien al enterarse de ello me manifestó que había conocido al poeta Juan Sánchez Peláez en la gélida ciudad norteamericana de Iowa, donde se hizo su amigo y entusiasta lector, añadiendo que en su estilo poético hay una soterrada atmósfera surrealizante, y que esta es una de las tantas razones por las que él lo admira. No hace mucho visité su biblioteca, y justo frente a la sección francesa hay un estante conteniendo una muy nutrida colección hispanoamericana, y allí sobresalen dos libros de Sánchez Peláez, en realidad un par de florilegios suyos publicados en épocas distintas, donde palpitan unas dedicatorias afectuosas.

     Muchos de los bibliófilos terrenales acostumbran a remontarse mentalmente varias centurias de la imparable historia. Porque quieren saber de dónde vienen las niñas de sus ojos –es decir, los libros–, quieren saber por qué están acá, y sobre todo cuál será el destino del libro en el futuro. Bien vale la pena emularlos, y vayamos entonces en volandas por los aires del tiempo, desde luego hacia atrás, hasta el siglo XV, a la alemana ciudad de Maguncia, y allí acercarnos a Gutemberg, y solo atisbar su incunable preferido. Y de paso enterarnos de la pronta expansión del libro, y pensar por primera vez cómo el copista se convierte en impresor, el manuscrito en volumen, y, en fin, el momento en que surgen los capítulos y los párrafos en beneficio de una mayor legibilidad.

     Pero ¿qué ocurre en el rotundo presente? He aquí el libro en manos de nuestra grey, en el centro del planeta, aunque en honor de la verdad le ha surgido un poderoso competidor: frente a él está la computadora; frente al bibliófilo, el cibernauta; y frente a cada rectangular folio, el espacio del internet infinito. Además, hay sentimientos encontrados, tremendamente dispares como el día y la noche. Por un lado, el gremio de los jóvenes poetas, tan jubilosos porque sus versos circulan de modo ilimitado, vivitos y coleando, a través de espacios realmente siderales, dejando atrás los consabidos tirajes de 500 ejemplares en los que antes agonizaba la poesía; y, por otro, la natural inquietud de los devotos del libro, que se aferran a él con uñas y dientes, porque para ellos nunca será lo mismo leer en una computadora que en unas cálidas y livianas páginas.

     Por cierto, en las controversias hay que dirimir. Reconocemos las bondades de la Cibernética, por añadidura desde sus albores ya algo lejanos, y entre tantísimos beneficios que ha traído por cierto hay uno a favor del arrinconado género literario para que vuelva a difundirse, según ocurría en el pasado. Pero el libro de suyo despierta una devoción tal porque, hoy en día, sigue siendo el mejor medio para devorar allí la palabra poética, con la mayor de las gulas, paladeando su forma y engullendo su contenido. Sin duda, en esos descendientes de los árboles, como en efecto son las inmaculadas páginas, se lee mejor, hasta con suma placidez. Por ello hay bibliófilos que se transfiguran en bibliómanos, que suelen coleccionar libros como los orfebres las pepitas de oro, y que consideran sus ediciones raras como unos talismanes bienhechores, y que le vuelven las espaldas al Hada Cibernética, y saben que, si bien alguna vez no lleguen a desentrañar la obra admirada que poseen, la pueden absorber entonces con la vista, el olfato y el tacto. Además, el sensitivo bibliómano anida en su mente la feliz idea de que sus volúmenes predilectos distan de ser cosas inertes, porque poseen la facultad de cambiar la vida del hombre. Pero nuestro bibliómano es igualmente muy imaginativo al pensar que el libro también podría transformar a aquel enigmático animalillo, si este tuviera el don humano de leer y la fortuna de formar una biblioteca en su propio pesebre.






*Extraído de: Libros & Artes, Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú, N° 30–31, pág. 28. (Febrero, 2009)

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