19 ene. 2015

"Una crónica incaica", por César Vallejo

     Un día, durante las fiestas del "huaraco", realizábase en la Sutipampa una de las postreras ceremonias para armar caballero a 800 jóvenes del Imperio cuya preparación militar había terminado. Allí estaba el magistrado de gesto tranquilo, donde latía el signo de la justicia; el "amauta" severo y pensativo, cruzada la amplia túnica verde a uno de los hombros; el general de recta mirada, con un penacho septicolor y sus sandalias de plata, que conocieron fragosas y occideras regiones; los tristes "arabicus" de azules vestiduras con hilados de áloes en forma de rutilantes insectos del Norte; el ermitaño taciturno, venido de las "paccarinas" lejanas; los "rumaypachaccas"; aún tostado el rostro por el reciente viaje desde el turbulento Pangoa o desde el lago Titicaca, a cuyas orillas crecen los maíces del Inca, de granos milagrosos... tenía el Inca a su derecha al Supremo Villac vestido de blanca lana esquilada a las alpacas del Hatum.


     Las "Calli-Sapas" que debían tomar parte en las épicas pruebas de la Intipampa aparecieron ataviadas con los lujosos trajes correspondientes a su estirpe, y portaban primorosas jarras de vidriada greda llenas de la chica litúrgica. Venían por el lado de la ciudad escoltadas de una centuria de infantes, cuyas picas y arcos chispeaban bajo el sol.

     La muchedumbre lanzó un aullido de alegría que tardó largo tiempo en apagarse. Una anciana lloraba sosteniendo en brazos un haz de frescas siemprevivas y una joven decía entre lágrimas: Anoche, cuando los donceles dormían, al pie de las murallas de Saccsahumán, una mala serpiente le ha herido...

     La joven extrajo de entre sus senos una garra de jaguar labrada y pulida en forma de meda luna, la puso en la palma de la mano y la llevó con gran unción a los labios descubriéndose.

     La fila de paladines se aproximaba en la justa de carrera. Cuando sus trajes amarillos empezaron a ser distinguidos a distancia las "Calli-Sapas" cantaron a una voz, cantaban una aria antigua, en cuya melodía el amor y la gloria vibraban dulcemente. Cantaban por las sombras de héroes antiguos, por los dólmenes inmóviles de Accora, por las momias que en flexión agazapadas de aves nocturnas, meditan en las hornacinas sagradas y en los sillares de pórfido de las chulpas silenciosas, cantaban por las batallas ganadas y por los huesos sembrados en las rutas sin fin de las conquistas. Algunas princesas elevaban su voz a gran altura. Otras se estremecían al compás del canto heroico, con sus hombros erectos, sus gargantas redondas y sus vientres cerrados y nuevos, de forma de corazón, donde estaba enarbolado el gran telón que da a la eternidad. Pero quienes dejaban de cantar un momento y sus lenguas eran entonces fáciles para aquellos silencios, en tanto las bocas de sus vasos alegóricos aparecían abiertas, en un rictus de tácita revelación.

     Cuando cesó el canto y su eco resonaba aún en las cuencas de las jarras, los jóvenes y las mozas del pueblo inclinaron el rostro.

     El Inca armó caballeros a los vencedores a los sones triunfanles del "hailli", coreado por el pueblo. Los héroes calzaron las ojotas de lana ciñendo el "huara" en señal de virilidad, y las madres coronaron sus sienes de verdes siemprevivas.



(César Vallejo. Una crónica incaica. Cuentos peruanos. En: "La Voz". Madrid, 22 de mayo de 1931).




*Extraído de: págs. César Vallejo en españa, Willy Pinto Gamboa, Separata de la Revista "San Marcos" Número noveno- Segunda época, págs. 170-171. (Lima, 1968) 

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