8 ene. 2015

"El placer del texto", por Washington Delgado



Mis libros pedagógicos, mis artículos en revistas, mis comentarios periodísticos suelen tratar de libros. De libros concretos en prosa o en verso: poesía, novelas, dramas o ensayos. Esta vez hablaré del libro en general, de la lectura y, tangencialmente, del escritor.

    Me parece oportuno hacerlo en el Perú de hoy, cuando los libros son caros, las bibliotecas escasean y los lectores disminuyen.

    Iniciaré mis reflexiones con unos versos. No hay acaso, mejor manera de iniciarlas. Diez de Gámez, autor de Victorial o Crónica de las hazañas del capitán español Pedro Nino, para referirse a Alejandro el Magno, copia unos versos de Libro de Aleixandre y dice que ha preferido transcribir el poema a contar la historia en prosa llana porque “los versos se vienen más a la voluntad que la prosa”. En lenguaje antiguo es lo que Eliot expresa modernamente así: la función de la poesía no es descubrir verdades sino hacerlas más evidentes. Los versos que voy a citar pertenecen a un famoso soneto de Quevedo:

Retirado en la paz de estos
desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con
los difuntos
y escucho con mis ojos a los
muertos.


Si no siempre entendidos,
siempre abiertos,
enmiendan o secundan mis
asuntos,
y en músico callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan
despiertos.

Las grandes almas que la
muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!,
docta de la imprenta.


En fuga irrevocable huye la
hora,
pero aquella el mejor cálculo
cuenta,
que en lección y en estudios
nos mejora.


    Clara y concentradamente, este soneto vuelve evidentes varias características del libro: su intemporalidad, su espíritu amigable, su valor pedagógico. Conversación sin límites de tiempo ni de espacio. Amistad generosa que da lo que tiene y, en cambio, nada exige. Lección discreta pronto a repetirse o dispuesta a esperar, pacientemente, la oportunidad de realizarse. Por virtud del libro, escuchamos la voz viva de los que hace tiempo murieron. El libro es como esa fama medieval de que habla Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre:

No se os haga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
porque otra vida más larga
de fama tan gloriosa
acá dejáis.
Aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal
ni verdadera,
más con todo es muy mejor
que la otra terrenal
perecedora.


    Bien pudieran aplicarse estos versos al libro. La buena fama del maestre Rodrigo Manrique lo hizo célebre, sin duda entre sus contemporáneos y, tal vez, durante dos o tres generaciones. Pero ¿quién conocería hoy su nombre si no fuera por os millares de libros que reproducen los melodiosos versos de su hijo?

    El libro es una conversación abierta, sin tiempo ni límites espaciales, entre una persona concreta y única, el autor, y otra persona indefinida y cambiante, el lector. Para comprender al primero, nada más a propósito que unas palabras de Ruskin:

    “Un libro es, esencialmente, no una cosa hablada, sino una cosa escrita. No con el propósito de mera comunicación, sino de permanencia. El libro-charla se imprime sólo porque su autor no puede hablar a miles de personas a la vez; si pudiera hacerlo, lo haría; el volumen impreso es mera multiplicación de su voz. No podemos hablar con nuestro amigo de la India: si pudiéramos, lo haríamos. En lugar de eso, escribimos: esto es un mero vehículo de la voz. Pero un libro se escribe no para multiplicar la voz no para transportarla, sino para perpetuarla. El autor tiene algo que decir, útil o verdadero o bellamente útil… en el resumen de su vida encuentra que ésta es la cosa, o el grupo de cosas que son manifiestas: la parte de verdadero conocimiento, la visión, la cantidad de luz solar que le ha sido apoderarse en la tierra. Se sentirá obligado a fijarla en el mundo para siempre, a grabarla en la roca, si puede, diciendo ‘Esto es lo mejor de mí; en cuanto a lo demás, he comido, bebido, dormido, amado, odiado, como todo el mundo; mi vida era como el vapor y ya no es, pero esto lo vi y lo conocí: esto, si algo mío lo es, es digno de vuestro recuerdo’. Esto es su escrito; es, en su pequeña escala humana, y se cual fuere el grado de verdadera inspiración que haya en él, su inscripción, o su escritura. Es su libro”.

    Poco hay que agregar a las palabras del crítico victoriano. Señalaremos, sí, que un invento posterior, la radio, ha venido a confirmar las afirmaciones iniciales de Jhon Ruskin. La radio multiplica la voz, la trasmite a unos auditorios innumerables, la extiende por toda la geografía terrestre; pero no reemplaza al libro porque no da permanencia a la voz. Como tampoco la dan, curiosamente, ni el disco fonográfico ni la cinta grabada, en los cuales la voz se conserva como fluencia temporal, no como representación en el espacio.

    El libro, ya lo hemos dicho, existe entre dos personas, una fija, otra cambiante: autor y lector. “Conversación con los difuntos” llama Quevedo a la lectura. Según Samuel Butler, “Los libros son almas cautivas, almas en pena, hasta que alguien, bajándolos de sus estantería, los lee.” En estilo más novelesco, Oliverio Goldsmith declara lo mismo: “La primera vez que leo un libro me parece como si ganara un amigo nuevo; al releerlo creo volver a oír la conversación de un viejo amigo.”

    Se lee para aprender algo nuevo. Se lee para profundizar conocimientos ya adquiridos. Se lee como entretenimiento, por placer. No es ésta una forma inferior de la lectura: su costumbre continuada la convierte en una pasión, singular como todas las pasiones; en un vicio elevado, irreprimible, selecto. Valery Larbaud, lo ha expresado bellamente:

    “Fuera y más allá de los oficios, de las profesiones y las altas especialidades a que os preparamos, hay una aristocracia abierta a todos, pero que nunca y en ningún tiempo ha sido numerosa, una aristocracia invisible, dispersa, desprovista de distintos exteriores, sin existencia oficialmente reconocida, sin diplomas y sin patentes y, con todo, más brillante que cualquier otra: sin poder temporal y que, no obstante, posee un poder considerable, tanto que a menudo condujo el mundo y dispuso el porvenir. Salieron de sus filas los príncipes más verdaderamente soberanos que conozca la historia, los únicos que, años y, en ciertos casos, siglos después de su muerte, dirigen las acciones de los hombres. Podéis formar parte de esta aristocracia: os invita ella misma y, como única condición para admitiros exige que, inmoderadamente y por luengos años, os hayáis dedicado a una cierta forma de goce que se llama lectura.”

    Al placer espiritual de leer una obra valiosa, suele unírsele el placer material de manejar un libro bien editado, de acariciar una fina encuadernación, de pasar unas páginas marfileñas y satinadas, de aprecias unas letras claras, equilibradas, que hagan placentera la lectura. El libro ha pasado por muchas fases, cada una con su propia belleza física, desde los ladrillos babilónicos, los papiros egipcios o las vitelas medievales, hasta llegar a su forma actual. El papel de Gutemberg y sus continuadores ha sido invalorable al contribuir a la multiplicación y abaratamiento de los libros que trajo consigo la extensión de la cultura. Como consignara Lichtenberg, en uno de sus célebres aforismos: “El plomo derrumbó las murallas de la Edad Media, y más plomo de las imprentas que el de las balas”. Si bien la imprenta abarató los libros nos descuidó su belleza. Desde sus primeros tiempos, los editores la buscaron con finura y buen gusto. Particularmente ilustre, en este sentido, fue la veneciana familia Aldo, en la Italia del siglo XVI, inventores de la letra itálica o cursiva. A uno de sus miembros, Aldo Manuzio, el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez, le dedicó este elegante soneto:

Firme en la amistad y en la armonía
de su maravillosa arquitectura,
cuya seguridad serena y pura
es más fuere que el tiempo y su porfía,


tu casi celestial tipografía
alza la claridad de sus estructura
dando cuerpo de paz y de dulzura
al alma de la eterna poesía.


Y hace que, confundidos y abrazados,
la letra y el espíritu inflamados
unan su voluntad y su poder;


para vivir en el espacio frío
y en el tiempo dramático y sombrío
con la luz y el calor de un solo ser.



    Empecé este artículo acerca del libro, el escritor y la lectura, con un soneto. En aras de la simetría, lo he terminado con otro. 


Miraflores, junio de 2002.




*Extraído de: Libros & Artes, Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú, N° 2, págs. 3-4 (julio, 2002)

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