6 sep. 2014

"La génesis de un gran poeta", por Abraham Valdelomar

(Fotografía: Cortesía de: http://nalochiquian.blogspot.com/)


CÉSAR A. VALLEJO, EL POETA DE LA TERNURA

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    De igual manera que los épicos capitanes lejendarios besaban la cruz donde murió Nuestro Señor Jesucristo, antes de dar comienzo a sus gloriosas conquistas, así quiero Yo, antes de reanudar mi labor ante el público, besar el recuerdo y rendir el solemne homenaje de mi alma enlutada, a la memoria de un hombre ilustrado, bondadoso y bueno: don José Antonio de Lavalle. Mi sinceridad, mi noción de la justicia, no me permitieron jamás hacer falso homenaje. Mi alma se reveló, hace poco tiempo, viendo cómo se llenaba de méritos, la memoria de un pícaro y despreciable sujeto que, ojalá, no esté quemándose en las radiantes piras de los infiernos, de igual modo que un cabritillo en la fogata doméstica.

    No es que yo no lo haya perdonado. Le perdoné desde que murió, pero perdonar a un sin vergüenza cuando muere no significa cambiar de criterio respecto de su abyecta vida.
    La muerte del ilustre señor Lavalle ha envuelto mi alma en un duelo tácito y tranquilo. No he sentido la protesta ante Dios por esta prueba de injusticia, he tenido, más bien, un sentimiento de amargura, de desencanto, de desilusión y desconsuelo. Este hombre superior, este padre adorable, este por mil conceptos ilustre varón que hacía honor a nuestro clan, simpatizaba con los artistas, acojía a los pintores, buscaba a los poetas, admiraba cuanto hay digno de admiración en el universal panorama.

    El Perú ha perdido uno de sus más ilustres ciudadanos en don José Antonio de Lavalle y Pardo; pero los artistas hemos perdido uno de nuestros más excelentes estimuladores. No era el señor Lavalle el Mecenas de la dádiva sino, más valiosos aún, el Mecenas comprensivo y bondadoso. Dios, en cualquiera de las formas que exista, le ha de tener ya en su seno. Los artistas no perdemos la esperanza de volver a verle. ¡Bendita sea su sagrada memoria!

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Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura,
y habrán tocado a sombra nuestros nuestros labios difuntos.

Y ya no habrán reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte; y en una sepultura
los dos nos dormiremos como dos hermanitos.
                                   (El poeta a su amada)

El suertero que grita; la de a mil
contiene no sé qué fondo de Dios.

Pasan todos los labios. El hastío
despunta en una arruga su yanó
Pasa el suertero que atesora acaso
nominal como Dios, 
entre panes tantálicos, humana
impotencia de amor.

Yo le miro al andrajo. Y él pudiera
darnos el corazón.
Pero la "suerte" aquella que en sus manos
aporta pregonando en alta voz,
como un pájaro cruel irá a parar
adonde no lo sabe ni lo quiere
este bohemio dios!

Y digo en este viernes tibio que anda 
a cuestas, bajo el Sol:
porqué se habrá vestido de suertero
la voluntad de Dios!
                                      (La de a mil)

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano, y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,  
y suplicar a no se quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón!
                                      (El pan nuestro)

Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar!
Con él nos vamos juntos! Anochece.
Con el anochecemos, Orfandad!

Pero yo siento a Dios!... Y hasta parece
que él me dicta no sé qué buen color.
Como un hospitalario es bueno y triste
muestra un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón!
                                                       (Dios)
    
    Estos versos, tomado al acaso del libro de  César A. Vallejo "Los Heraldos negros" son el mejor elogio del poeta. Yo no puedo detenerme a analizar a este nuevo artista. En breve publicaré sobre su obra, un estudio detenido.  Basado en el conocimiento de su obra y de su alma, le digo, con la mano puesta en el corazón alborozado:

    Hermano en el dolor  y en la Belleza, hermano en Dios: Hay en tu espíritu la chispa divina de los elegidos. Eres un gran artista, un hombre sincero y bueno, un niño lleno de dolor, de tristeza, de inquietud, de sombra y de esperanza. Tú podrás sufrir todos los dolores del mundo, herirán tus carnes los caninos de la envidia, te asaltarán los dardos de la incomprensión; verás, quizás, desvanecerse tus sueños, podrán los hombres no creer en ti; serán capaces de no arrodillarse a tu paso los esclavos; pero, sin embargo, tu espíritu, donde anida la chispa de Dios, será inmortal, fecundará otras almas y vivirá radiante en la gloria, por los siglos de los siglos.- Amén.

El Conde de Lemos. 

Ciudad de los Reyes del Perú y 1918.




*El texto es una copia fiel del artículo (errores de tipografía, etcétera).


*Extraído de: Semanario Nación - Sudamérica (1918)

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