10 sep. 2014

"El Aeroplano Relativista", por Óscar Miró Quesada

(Pintura: "Los Relojes Blandos" de Salvador Dalí)


    Aeropuerto francés de Orly. Parte el aeroplano a las 12 del día. Cuatro horas de vuelo. Aterrizaje en Shannon, Irlandia. A las 5 de la tarde de nuevo en el espacio. Once horas en el avión y llegamos Terranova. En mi reloj son las 4 de la madrugada: en los de Terranova sólo la 1 y 30.

    ¿Qué hora es? ¿ Cuál es la verdadera hora? Las hélices del aeroplano runrunean palabras con monótono ruido metálico. Y dicen:


    -No te asombres viajero, en Nueva York, habrá mayor diferencia entre tu reloj y los de esa ciudad.

    -Pero ¿A qué hora me atengo? Porque debe haber una hora verdadera: la hora.

    -La hora no existe, sólo existen las horas, responde el aeroplano, con las lenguas giratorias de sus hélices. En cuanto a la hora verdadera todas lo son y ninguna lo es.

    -No entiendo. ¿Cómo pueden ser verdaderas todas las horas y no ser ninguna verdadera?

    -Muy sencillo: la verdad del tiempo es relativa, sólo cierta para el sistema de referencia a que pertenece, pues deja de ser verdad cuando la trasladamos a otro sistema de referencia que no es el suyo.

    -Sigo sin entender.

    -Escucha. La hora de París, que has conservado en tu reloj es una hora local, que depende del instante en que el sol pasa por el meridiano de esa ciudad, o del momento en que determinada estrella culmina en ese meridiano, en la noche, si se elige el sistema horario sideral. En el primer caso la hora básica es el medio día; en el segundo, la media noche. Dividiendo en 24 partes iguales el tiempo que tarde el sol en volver a pasar el meridiano, o la estrella en culminar, tenemos las 24 horas del día. Pero esas horas sólo son para París, sólo rigen en esa ciudad, dentro de su sistema de referencia particular; más pierden todo significado y todo imperio cuando  se pretende darles vigencia en otra parte de la tierra, alejada al Este o al Oeste de París; porque la hora sólo es verdadera para un sistema de referencia, y no existe una hora en sí, valedera en todas las partes del globo. La hora está adherida a sus sistema de referencia, como la tortuga a su concha, y muere en cuanto se le separa de su patria original, como muere la tortuga si se le arranca su caparazón indispensable. Por eso tu hora de París perdió toda eficacia al convertirte en pasajero mío que vuelo del Este al Oeste.

    -Y, ¿qué valor tiene esa hora?

    -Absoluto.

    -¿No me has dicho que su valor es relativo?

    -En efecto.

    -De nuevo no entiendo.

    -La hora es absoluta y relativa a la vez. Es absoluta, porque en el sistema de referencia que le es propio, rige con validez completa, absoluta, única, pues no puede haber otra hora que la local; pero ese valor absoluto de la hora sólo es verdadero dentro de su sistema se referencia, sólo es cierto para un punto determinado de la tierra, de modo que resulta un valor absoluto limitado con relación al espacio. La hora es absoluta en su función pero es relativa en su extensión.

    -La hora es complicada. No hay la hora sino las horas, y cada hora es un absoluto relativo.

    -Así es, y en esta aparente paradoja reside el núcleo de la teoría de la relatividad. No hay hora sino horas, no hay arriba y abajo sino arribas y abajos, no hay izquierda ni derecha, sino izquierdas y derechas, existiendo cada una de estas posiciones sólo con respecto al sistema de referencia escogido para determinarlas. Para la mayoría de las gentes arriba es arriba, una situación definitiva, invariable y valedera para todos los seres humanos. La convicción del valor absoluto de esa posición era tan arraigada y profunda, que hubo un gran filósofo que negó la existencia de las antípodas, porque de existir sus habitantes estarían cabeza abajo. Pero las antípodas, existen y sus habitantes no están cabeza abajo, sino con la cabeza hacia arriba, porque allí, como acá, arriba no es sino la dirección opuesta al centro de la Tierra, contraria a los pies del hombre que se para sobre el suelo. En este caso el sistema de referencia de arriba y de abajo, es el suelo, y cuantos lo pisan se halla  en posición normal, estén en el lugar del globo en que se encuentren.

    E igual acontece con la derecha y con la izquierda. ¿A la derecha con respecto a qué? Dos personas colocadas frente a frente, tienen invertidas las posiciones respectivamente, lo que para una de ellas queda a su derecha, para la otra queda a su izquierda, porque cada una toma a su propio cuerpo como sistema de referencia, resultando en este caso dos sistemas de referencias contradictorios.

    -Pero, entonces no hay nada fijo, nada definitivo, permanente, ni absoluto en el mundo, y el fondo de la vida sería contradictorio y absurdo.

    -¡Quizás! Así piensan los existencialistas. Pero nuestro punto de vista es otro. La teoría de la relatividad no dice que no hay nada absoluto, sino que una serie de cosas que los antiguos tenían por absolutas, como el tiempo y el espacio, la hora y la posición, son relativas y dependen del sistema de referencia de la persona que los los mide. Pero hay ciertas cosas que no dependen del sistema de referencia del observador, como por ejemplo lo que Einstein llama el "intervalo". En ese sentido se puede decir que la teoría de la relatividad también reconoce sus absolutos. Pero lo interesante de la teoría de la relatividad, además de su puro interés científico, es que nos enseña a desconfiar del mero sentido común y de los conceptos tradicionales. Nos hace ver que buscar ciegamente absolutos indudables, empecinarse en verdades aceptadas únicamente por el prestigio de los maestros y por nuestra inercia mental impide el verdadero progreso del espíritu. Es preciso que nos resignemos a convivir con verdades relativas pues sólo ellas conducen al conocimiento por la ruta de la realidad. La ciencia es grande porque los sabios son modestos, porque saben que sus verdades, aún las que ellos creen absolutas, podrán algún día ser superadas. Cuando la suma de las experiencias científicas aumenta, cuando la masa de los conocimientos crece, la antigua teoría pierde gran parte de sus valor, y rompiendo sus viejos moldes ya estrechos, abarca en su extensión amplificada nuevos horizontes, como la crisálida deja el capullo original, y destruyendo la cárcel que la aprisionaba vuela convertida en mariposa hacía la pura claridad de los cielos.

    La verdad de la ciencia es modesta, provisional y progresiva; la verdad de la filosofía es orgullosa, definitiva y estática, la primera es un vuelo, la segunda una prisión.

    Pero ya hemos llegado. Miro los rascacielos de gigantes de acero que exploran las alturas para estrechar la mano de Dios.

    Muy larga había sido la noche. Volábamos huyendo de la aurora, pero la aurora nos alcanzó. Amanecía; el Sol bola de fuego roja doraba el horizonte en el Este. Desaparecieron las estrellas, la Luna se puso tan pálida que ya no se le pudo ver.

    ¡Nueva York!




*Extraído de: "Antología General, de la Prosa en el Perú, de 1895 a 1985, Tomo III", Enrique Ballón, págs. 499 - 502, Ediciones EDUBANCO (1986).

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