24 ago. 2014

"Vicentito Cabral" de Alejandro Benavides Roldán

(Cuento ganador de la I Feria del Libro de Trujillo)

    Fue el año de las lluvias cuando todo se tiñó de negro y cayó el agua tan interminablemente que nada quedó seco, ni siquiera el interior más recóndito de lo que ayer nomás fue el soleado Tumbes.

    Se sabía de la mañana por cierta claridad grisácea. Todo estaba cubierto de una hojarasca espesa y de un musgo ácido, gomoso y fermentado que las lluvias del día se encargaban de lavar y que se repitieron cien veces consecutivas antes de que se abriera el cielo y dejara aparecer un sol brillante que empezó a pudrirlo todo.



    Los pájaros fueron las primeras víctimas,   revueltos en el fango parecían flores de espanto. Aquí se volvieron a ver aves que contaban nuestros abuelos cuando todo esto todavía no había sido cubierto de banano y contrabando, cuando la gente laboriosamente cultivaba arroz y frijoles y se podían dejar las puertas abiertas durante el día sin ningún temor y por las noches la gente sacaba sus petates a la puerta para tomar el fresco nocturno que es muy diferente a otros frescos porque invita a contar historias, a fantasear, a volver realidad lo que fue sueño, a hacer la memoria histórica de estos pueblos ribereños y tropicales.

    - Pobrecita! - dijeron

    Estaba allí la pava aliblanca, símbolo de estos pueblos, remontada hace muchísimos años y que el director del museo tropical guardaba una, disecada con mucho esmero, pues sostenía que se había extinguido. Estaba allí con las alas extendidas y enfangadas, moribunda y derrotada.

    “Nada es posible contra el agua desatada” decía el viejo Alipio Requejo que había sobrevivido a muchos diluvios pero como este jamás y este hedor parece como si a uno se le estuviera pudriendo el propio corazón.

    Hombres y mujeres corrían desesperados buscando a sus hijos y enseres entre el fango y tan pronto llantos desesperados desenterrando a sus muertos como iluminadas alegrías recuperando a sus seres indefensos de la muerte ronca.

    El río que surca la ciudad corría desaforado y se abalanzaba contra todo lo que quedaba en pie.

    Nadie se había acordado de él hasta que fue encontrado por un grupo de muchachos que buscaban chucherías en el fango. Lo reconocieron en el acto y lo llevaron al pueblo. Era el Vicentito Cabral, un joven casi niño que nadie supo de dónde vino ni por qué y que vivió sin que nadie se preocupara de su suerte; que se recuerde, nadie pasó con él de la simple compasión y el lamento; fruncían los hombros, total tenían sus propios problemas.

    Apenas decidieron llevarlo al pueblo al grupo de chicos les invadió una nostalgia que luego se volvió lágrimas inexplicables y durante el trayecto al pueblo mientras le resbalaba el fango que lo cubría con la lluvia sintieron que algo muy interno en ellos también acababa de morir y sus ojos no podían contener las gruesas lágrimas pero esta vez de un diluvio que venía de su propio corazón.

    Vicentito, sin fango, sin musgos ni hojas secas remojadas se fue tornando manso, angelical, nada en él provocaba agresión, pero lo que nunca se le pudo quitar fue ese inmenso gesto de orfandad que inspiraba abrazarlo y abrigarlo, parecía que en cualquier momento iba a despertar.

    A través de su muerte se leía toda su vida por los llanos, las tragedias que nunca contó y que a nadie interesó. A través de todo él se leían los portazos y negativas, toda la falta total de familiares, de conocidos y todas sus preocupaciones más cotidianas insatisfechas. Parecía que todo lo que la vida le negó, en él se hizo orfandad sin límites; sus ojos reflejaban ese extraño brillo melancólico que tienen todos los huérfanos de la tierra.

    Vicentito allí, indefenso de todo, bañado por las gruesas lágrimas de los niños aflojó el corazón de los más duros, las mujeres lo abrazaron y no hubo uno que quedara sin darle un beso en la frente despejada. Todos sintieron al mismo tiempo el impulso de abrazarse y lloraron lágrimas de desesperanza y deseos de imposibles. Todos se decían con ojos, manos, hombros, con toda la curvatura de sus cuerpos, de sus gestos que ya nada era posible, que allí se había muerto algo de ellos mismos y lloraron por su propia muerte.

    Sintieron que ese muerto podía ser ellos mismos cuando nadie nos da una mano y se sintieron fraternales y bebieron café muy cargado, pisco, coñac y rosquillas muy sabrosas que presurosas prepararon las mujeres del pueblo entre llantos y mojicones, todo a la salud de este muchachito delgadito y pálido.
    Tres días lo velaron y todo el pueblo pasó a saludarlo y llevarle flores y así todo cubierto de olorosas rosas, su rostro fue tomando color y dicen que sonrió y desapareció aquel gesto de abandono con el que vivió por uno radiante y satisfecho, parecía más vivo que nunca y fue allí cuando Matías Columbre, el viejo fotógrafo le hizo hermosos retratos que son lo que a guisa de santo se ven en todas las casas del pueblo: un joven casi niño, sonriente y feliz, mirando al cielo y que cuando uno pregunta de quién se trata responden que es un hermano muy querido que tuvieron y que murió hace muchos años.

    Otros dicen que es un hermano de su padre, que se ahogó en el río pero que salvó de ahogarse a un niño.

    Otros cuentan que es un tío que tuvieron que hizo muchas cosas buenas en el pueblo, que viajó al extranjero y que han dejado de saber de él desde que terroristas explosionaron el edificio donde trabajaba, pero que nadie dio cuenta de su muerte y ellos esperan que en cualquier momento aparezca.

    Todos cuentan historias diferentes pero en todas Vicentito es un familiar muy querido y siempre tiene una lámpara ardiendo iluminando su retrato.

   Así es como Vicentito Cabral pasó a ser hermano de todos y todos hermanos a través de Vicente y siempre hay un día en el cual se reúne todo el pueblo para sacrificar los más hermosos carneros y hacer la pachamanca y beben y se abrazan esperando que Vicentito se encuentre bien donde esté porque siempre está con ellos.






*Extraído de. "Vicentito Cabral", Alejandro Benavides Ganoza, Hoja de Literatura Popular N° 6 - Papel de Viento (2005).



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     Santiago de Chuco 1955, ganador de los juegos florales de poesía de la UNT 1976. Primer Premio de cuento de la I Feria del Libro de Trujillo 2003. Director de la editorial Papel de Viento.
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