12 ago. 2014

"La locura en el arte", por César Vallejo


París, diciembre de 1927


LA CONDESA de Noailles tiene su violín de Ingres en las pintura. Max Jacob y Francis Picabia tienen el suyo también en la pintura. Charles Chaplin tiene el suyo en la composición musical. Linbergh tiene el suyo en el canto. Los senadores de Francia tiene el suyo en el canto. Los senadores de Francia tienen su violín de Ingres en la pelota vasca, y los diputados, en el dibujo. Marritte de Rauwera tiene su violín de Ingres en la danza clásica. Los sordomudos lo tienen en la escultura y los locos en la pintura. Fénomeno corriente es el violín de Ingres, porque el hombre no entrega nunca sus dos brazos a una sola vocación, sino que reserva siempre el izquierdo para lo que por un instante pudo haber sido.


   La vocación principal de un loco es la locura. Tal es su arte, su motivo fundamental de vida. Pero el loco hace también concesiones a los números restantes del problema. El loco busca morderse todo el codo derecho, pero con el ojo izquierdo hace, entre tanto y para no aburrirse, la crítica de la razón pura o sorprende una nueva dimensión a las artes plásticas. Semejante reparto de su inquietud la hace el loco casi mitad a mitad, es decir, entusiasmándose casi igualmente por ambas actividades. Esta es una de las diferencias más importantes que distingue al cuerdo del loco. En el hombre cuerdo, la derecha discrepa enormemente de la izquierda y ello se patentiza en un irreprochable ciudadano, que no mete nunca la pata o en un niño muy serio, que no juega. En cambio, en el loco, el pie derecho se distingue apenas del izquierdo. Si preguntáis a un alienado de gran precisión, cuál es la diferencia que hay entre el día y la noche o entre el pasado y el porvenir, os responderá maravillas, estupideces insignes. Así pues, el loco, contra lo que pudiera creerse, no se entrega a la locura totalmente, sino que parte sus sensibilidad casi por igual ente esa vocación predominante de su vida y cualquier otra esfera vital. El loco no pone mucho oriente en esto, ni demasiado ocaso en aquello. Tentados estamos de atribuirle el meridiano de las cosas, el terrible justo medio metafísico.

   Cuando los locos, además de ser locos, se meten, pues, a pintar, no son zurdos, porque, según lo que acabamos de decir, pintan casi con ambas manos o, al menos, ignoran, a la hora de pintar, cuál es su mano izquierda y cuál es su derecha, cuál es la luz y cuál la sombra, cuál es el simple punto y cuál la línea. Y sus cuadros, por consiguiente, resultan magníficos, desastrosos.

   En una galería intrépida de la rue Vavin, unos cuantos locos de diversos países ofrecen actualmente a la cordura comunal una copiosa exposición de dibujo, pintura y estatuaria. Mientraslos arquitectos decoradores racionales nos preparan para Noel armoniosas iluminaciones en las fachadas de los magazines de lujo y en la Torre de Eiffel, este violín de Ingres de los locos vibra extrañamente; pero la pureza y nitidez de sus tristes melodías superan en marea creadora a la música misma del célebre Theremin. Ciertamente, los locos son unas personas admirables.

   Hay críticos que se atreven a creer que de esta exposición puede salir el punto de apoyo de una estética fundamentalmente constructiva.

Ya querría el señor Picasso -aventura un crítico de L' Art Vivant- poseer los recursos asombrosos del loco Juny, uno de los exponentes que ha escrito en las esquinas de sus dibujos, lemas o pensamientos de esta suerte: '¡Y las campanas de Meudon hacen digue ding don!...' O aquello de 'Estos muros mismos, signor, tienen ojos de lince'.

   "El arte de los alienados -dice otro crítico del Crapuillot- tiene una significación directriz tan grande como la que tuvo hace veinte años el arte negro". Llamados a dictaminar al respecto, los célebres psiquiatras Marié y Vinchon, se muestran acordes para afirmar que 

el arte moderno para tener cierto punto de contacto con el arte demente, porque ambos sacan su inspiración del dominio del inconsciente y se expresan, más o menos, directamente. Conviene, además, anotar -expresan dichos sabios- que cuando un artista sufre perturbaciones mentales, su espíritu vuelve generalmente a las ideas primitivas del arte y parecida tendencia se manifiesta en nuestras escuelas modernas, como ya se manifestara en ciertos artistas antiguos, como el Greco, por ejemplo.

   ¿Qué dirán de todo esto las personas mayores de mi casa? Recientemente, nada menos, con ocasión de la exposición de las obras del artista peruano Juan Devéscovi en París, las gentes de ultramar se persignaban ante esa misma inspiración subconsciente y esa misma expresión directa, de que hablan Maré y Vinchon y que caracterizan la pintura del valiente artista indoaemericano. No quieren convencerse esas gentes que lo que falta al hombre para ser completamente dichoso, es, precisamente, unas cuantas cantáridas más de locura.



Mundial, N° 401, Lima, 17 de febrero de 1928.





*Extraído de: Crónicas de Poeta, Manuel Ruano, págs. 137-141.


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