10 ago. 2014

"Carta de Amor, de César Moro", por Mario Vargas Llosa


   Cuando Moro llegó a París los surrealistas estaban en su época de oro:  había abofeteado, simbólicamente, el cadáver todavía tibio de Anatole France; los escritores oficiales y el periodismo recordaban el escándalo descomunal que provocaron en cierto banquete; la poesía, por obra suya, asaltaba las zonas imprevistas de lo irracional y lo onírico y, en  sus manifiestos y revistas, con absoluta convicción, se daba por liquidada la cultura de Occidente. La burguesía se asustaba aún con los espectáculos-provocación de estos desesperados que llamaban a Francia un "país de puercos" y perdían a gritos que los bárbaros del Este vinieran a despedazar esa dulce Nación. Por primera vez, un movimiento de escritores, pintores y poetas -aunque ellos consideraban repulsivos y despreciables estos calificativos- no se contentaba con revolucionar la literatura y parecía dispuesto nada menos que a reformar integralmente la sociedad y el hombre. Para conseguirlo, sus secuaces se empeñaban en las más sorprendentes acciones: pactaban con el partido comunista, rendían homenaje a la parricida Violette Noziéres, indicaban que el acto surrealista más puro consistía en descargar un revólver contra la multitud, insultaban por periódico a los jóvenes espadas de honor de la Academia Militar de Saint Cyr y, alguno de ellos, demostraba volándose los sesos hasta qué punto era sincera su opinión favorable al suicidio.  

   Tras esta maraña de histeria, humor, coraje, ingenio, sentimentalismo y desorden, se agitaban un estado de ánimo angustioso y dramático y una profunda voluntad, sin duda anárquica, de rebeldía. Moro, a través de una experiencia personal, muy diversa, por cierto, a la de los surrealistas franceses, había llegado a un estado de ánimo semejante. Nada tiene de extraño, pues, que se acercara a aquel movimiento que expresaba una emoción y una inquietud parecidas a la suya. Pero su entrega al surrealismo no fue total. A la vez que se reunía con Breton y sus amigos y colaboraba eventualmente con ellos, mantenía una existencia aparte del grupo, frecuentando otras gentes y otros ambientes, que, asimismo, sentía próximos. Su personalidad se nutrió de dos vertientes y hasta opuestas, fue el producto de una doble vida. A ello debe atribuirse el particular sello personal de su obra, que no corresponde estrictamente, como se cree, a un "surrealismo ortodoxo". Se ve bien claro en Carta de Amor, que es, no sólo uno de los poemas más hermosos de Moro sino, tal vez, el más representativo: en él se comprueba, nítidamente, la convivencia, dentro de una unidad poética, de elementos típicos del surrealismo con otros, que no lo son ni por asomo. En el resto de la obra en prosa o en verso del autor de La Tortuga Ecuestre existe también esta integración, aunque es menos visible e inmediata. 

   Carta de Amor no ha siso escrito conforme a las fórmulas "tradicionales" o "clásicas" de la poesía surrealista. No es un texto absolutamente onírico ni automático. Desde un punto  de vista formal, nos hace gala de aquel libertinaje de los poemas de Péret o del Eluard de la primera época. Por el contrario, se descubre en él cierto orden de composición que, aunque, naturalmente, no corresponde a las formas-tipo de la preceptiva, revela la intención del poeta de sujetarlo dentro de pautas técnicas establecidas de antemano, por más flexibles que sean éstas. Se trata, por otra parte, de un poema elaborado, planeado, meditado, en el que están reunidos, formando un todo orgánico, elementos lógicos, conscientes, e irracionales y espontáneos. Y es sabido, que sólo estos últimos tenían un carácter propiamente poético para el surrealismo. 

   Pero aunque no se adecue a la técnica del surrealismo, aunque conserve cierta coherencia, perfectamente aprehensible, tampoco podría decirse que Carta de Amor no es un poema surrealista. Su lenguaje vertiginoso, su lirismo exaltado, sus imágenes imprevisibles, su contenido emocional y sentimental son típicamente surrealistas. El surrealismo llevó el amor a un sitial que en ningún movimiento poético, antes o después, ha alcanzado. El culto surrealista del amor, la concepción revolucionaria e idólatra del amor, que denuncian los escritos surrealistas, es original y único. Lo reconocen todos los críticos del surrealismo, desde Carrouges, defensor entusiasta del movimiento, hasta Sartre, su impugnador más despiadado. Ahora bien, Carta de Amor es un poema que habla: no del amor idealizado y, por lo mismo, irreal de los románticos, ni de ese sentimiento tan pregonado del amor solidario, de los poemas sociales, sino del amor-pasión, el temible amor surrealista, carnal y concreto, excluyente y total.

   Carta de Amor fue escrito en México. Se ha revelado que nació bajó el influjo de una pasión realmente vivida por Moro (André Coyné, prólogo a Los Anteojos de Azufre) : ello explica, sin duda,la sincera y fogosa emotividad que lo recorre. Pero Carta de Amor no sólo comunica una impresión, no es únicamente la re-elaboración artística de una experiencia, que puede conocerse tan sólo a través de la sensibilidad, es decir, por un impacto afectivo, sino que implica, también, una toma de posición frente al amor. Esa actitud es producto de una concepción, racional, del sentimiento y la pasión, que es posible identificar y describir.

   En la poesía de Moro, el amor no es una abstracción; tampoco es sentimentalismo. La pasión amorosa no está separada del placer, del goce sensual : por el contrario, es en el plano concreto de los sentidos que el amor transforma la realidad. El poeta registra este cambio, describiendo la transfiguración a la que asiste, sumergido como está, en el mundo del amor-pasión. En Carta de Amor la exaltación entusiasmada del amor es, simultáneamente, la exaltación del goce material, susceptible de ser vivido sólo por los sentidos. El poema es una re-creación. El poeta refiere un recuerdo, el mismo que lo va poseyendo a medida que escribe, hasta trastornarlo, es decir, hasta romper el límite de lo racional y lo irracional. La última parte del poema es muy diferente de la primera, en que la descripción poética se desenvuelve serenamente, dentro un ritmo emocional creciente: aquella es una acumulación de imágenes, cuya vinculación es un clima sentimental común : pero, a primera vista, nada las une. En esta segunda parte ha desaparecido la lógica : no cabe ya descifrar esas imágenes. tratar de comprenderlas, porque el poeta ha dejado atrás la lucidez, la inteligencia, para sumergirse en lo maravilloso y lo insólito.

   Los surrealistas proponían una revolución : querían llevarla a cabo liberando al amor de todos los elementos que le impiden desarrollar su función "trastornadora". La sociedad burguesa, decían, ha corrompido el amor, lo ha deformado atándolo a un ritual, a una técnica, a una costumbre. El amor debe recobrar su pureza inicial, para que sus efectos remuevan desde sus cimientos todo aquello sobre lo que indicen. Y como el amor se desborda por todos los planos de la realidad y el sentimiento, apenas se haya "emancipado" al amor, la revolución ha triunfado. En Carta de Amor, el recuerdo del amor es, a la vez, el recuerdo de la transformación de la realidad por los efectos de la pasión. El poeta piensa en el ser amado, vuelve a ver sus pies más cálidos que nidos ardiendo en la noche con una luz azul y centellante, revive su cuerpo que hacía del techo el cielo y las montañas supremas de la única realidad, es decir, aquella en la que los objetos, las flores, los animales descubren un aspecto desconocido y, en el fondo, más auténtico y esencial que aquel otro, aparente y efímero, que ofrecen a la contemplación diaria. Por obra del amor el poeta descubre "otro mundo" : a él, llega sólo en los momentos en que es dichoso. La sonrisa del ser amado lo sume, sorpresivamente, en el bosque resonante de mi infancia, en aquella edad en que todavía no ha comenzado a hacer distingos y lo unen a la Naturaleza y a los seres, vínculos afectivos inmediatos, no aniquilados por la razón. Esa comunicación directa, no conceptual, que una al niño con el mundo, es la comunicación del amor.

   El poeta, sin embargo, no está hundido en el recuerdo a tal punto que olvide que, de hecho, mientras escribe, está viviendo una ficción. La imaginación y la memoria reviven la felicidad sólo momentáneamente, pero son un débil sostén : ésta puede esfumarse en cualquier instante. Basta un segundo de lucidez, de consciencia, para descubrir la ficción. Cuando ello ocurre, el recuerdo no sólo compensa la ausencia del ser amado: la hace más dolorosa. A partir de entonces cualquier alusión al amor implica un sentimiento dual, de goce y dolor: a la vez que se revive la felicidad que nació por ese amor, la lejanía del ser amado aparece más trágica, más difícilmente soportable. Por eso, pensar el "rostro" del amor implica activar ese pesar inmenso que me vuelve más loco que una araña encendida agitada obre el mar; tomar conciencia de la prisión en que tu ausencia me deja significa comprender la soledad en que este poema me abandona, el destierro en que cada hora me encuentra.

   Ese estado de lucidez y de inconsciencia, de irracionalidad e inteligencia, que consiste en vivir, simultáneamente, el recuerdo del amor, de la dicha, y la soledad y la amargura de la ausencia, e hace tan intenso que estalla. De pronto desaparecen las barreras entre los dos mundos, la realidad y la irrealidad son ya indiferenciables. El poeta abandona el sistema descriptivo y comienza a emplear otro, más sutil y eficaz. El horror y la felicidad del amor aparecerán revelados plásticamente, como un todo, dentro de imágenes arbitrarias que se acumulan y suceden vertiginosamente, como en el sueño. A través del mundo caprichoso de la imagen, el poeta persigue aquel nombre adorado siguiendo sus transformaciones alucinantes: Ya una espada atraviesa de lado a lado una bestia, o bien una paloma cae ensangrentada a mis pies convertidos en roca de coral soporte de despojos de aves carnívoras. A medida que la persecución continúa va apareciendo un sentimiento de frustración y desesperación, que es total, cuando la noción de la soledad concluye por desplazar el recuerdo de la dicha. La alegría del amor ha desaparecido al final del poema. El poeta ha quedado sólo con su soledad, advertido de lo que termina para encontrarse muerto, y, lo que es peor, sin esperanza:


En vano pido la sed al fuego
en vano hiero las murallas    
                           a lo lejos caen los telones precarios del olvido
exhaustos                               
                    ante el paisaje que retuerce la tempestad.







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   Lettre d' Amour fue escrito en México. Allí se publicó por primera vez (Editions DYN, 1944) en una edición limitada a 50 ejemplares con un aguafuerte original de Alice Paelen. Tres años más tarde, reprodujo el poema con erratas, la revista Les Quatre Vents (París, 1947, Nº VIII). En 1948 fue traducido al español por Emilio Adoldo Westphalen y publicado en Las Moradas (Vol. II, Nº 5, Julio, 1948). Esta traducción fue reproducida en el Suplemento de "El Comercio" en la pequeña antología de Moro que publicó André Coyné como homenaje al poeta, una semana después de su muerte( 3er. domingo de Enero, 1956).









*Extraído de: Literatura Nº 2, págs. 27-31, Editorial Universitaria (Junio, 1958).





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