26 jul. 2014

"El joven Valdelomar", por Luis Loayza

Fotografía del escritor Abraham Valdelomar




           1888-1919: en las fechas de su nacimiento y muerte está una de las claves de Abraham Valdelomar. Cuando murió tenía sólo 31 años, era poco más que un muchacho. Sin embargo entre nosotros pasa por un clásico, por un escritor que hubiera completado una obra ejemplar. No se repara lo suficiente en su juventud, quizá porque en nuestro medio la literatura parece simplemente una afición juvenil y la precocidad del escritor una norma. Baste recordar, de paso, la breve memoria que escribió Ricardo Palma sobre sus generación, La bohemia de mi tiempo: a mediados del siglo XIX la literatura en el Perú, era cosa de muchachos, como la rebelión adolescente o la juerga que se abandonan a la hora decisiva de sentar cabeza, sonados los treinta años; el propio Palma, que defendió su vocación y tuvo la entereza de seguir siendo un escritor, encuentra esto normal y hasta se enorgullece de que muchos de sus compañeros de literatura romántica se transformasen en probos abogados o funcionarios públicos. Lo mismo sucedía a comienzos de siglo, lo mismo sucede ahora pues la sociedad peruana no permite, por razones fundamentalmente económicas, la profesión literaria. La mayoría de los escritores en actividad suelen ser muy jóvenes y, como Valdelomar, se ganan la vida en algo que no es la literatura: el periodismo, la enseñanza, un trabajo cualquiera que les deje un poco de tiempo para escribir. Hay otra razón para olvidar la juventud de Valdelomar: como casi todos los hombres de su generación nos parece siempre mayor que su edad. Hay épocas, como la nuestra, en que la juventud impone su estilo y todos tratan de parecer jóvenes. Basta hojear unas cuantas fotografías de comienzos de siglo para comprobar que entonces ocurría lo contrario. Alguien podría estudiar las fotografías de los escritores y decimos lo que revelan: dime cómo te retratas y te diré quién eres y quizá hasta lo que escribes. En nuestros días el escritor suele fotografiarse sin corbata, toma actitudes desenvueltas, se prefiere la instantánea al aire libre, garantía de espontaneidad. Hace cincuenta años predominaban la corbata y el cuello duro, el cigarrillo humeante, el gesto elegante en la luz indirecta del estudio. Valdelomar insistía en sus rasgos exquisitos, reposados, adultos: esos quevedos, seguramente ya entonces anticuados, en los que acecha la mirada inteligente y un poco triste, esa mano que se adelanta adornada por un grueso anillo .la mano que besa públicamente en el Palais Concert (orquesta de damas vienesas) por haber escrito cosas tan bellas. Se había compuesto un personaje: firmaba sus crónicas "El Conde de Lemos" -no faltó quien le explicase que no tenía derecho al título- fumaba opio y sobre todo se cuidaba de anunciarlo, decía frases de irritante esteticismo como "Ya comienzan a llegar hombres gordos. Me manchan el paisaje". Cuando alguien tenía la bondad de indignarse Valdelomar había ganado la partida. ¿Un decadente? Todo lo contrario, un magnífico muchacho lleno de salud, uno de los pocos escritores con verdadero sentido del humor en una literatura de hombres angustiados. "La egolatría de Valdelomar era en gran parte humorística" dice José Carlos Mariátegui. "Valdelomar decía en broma casi todas las cosas que el público tomaba en serio". El mismo Mariátegui cuenta:

             

Una tarde, en el Palais Concert, Valdelomar
me dijo: "Mariátegui, a la leve y fina libélula
     motejan aquí chupajeringa". Yo, tan decadente
como él entonces, lo excité a reinvidicar los
nobles y ofendidos fueros de la libélula.    
Valdelomar pidió al mozo unas cuartillas.  
Y escribió sobre una mesa del café          
melifluamente rumoroso uno de sus        
  "diálogos máximos". Su humorismo era así,
inocente, infantil, lírico. Era la reacción    
de un alma afinada y pulcra contra la      
  vulgaridad y la huachafería de un ambiente
provinciano monótono. Le molestan "los
           hombres gordos y borrachos", los prendedores
de quinto de libra, los puños postizos    
y los zapatos con elástico.                  

            Un admirador e imitador de Oscar Wilde, por supuesto -tanta admiración por Wilde es otro de los indicios de su inmadurez. Pero Valdelomar fue mucho más que eso, y ante todo uno de los protagonistas de la belle époque en el Perú. Está bien llamar a esos años con el término un poco absurdo y burlón de belle époque, como la ha hecho Luis Alberto Sánchez en su excelencia biografía de Valdelomar, porque en ellos hay mucho de afrancesamiento, de fervorosa imitación de modelos europeos en medio de una prosperidad sin duda ficticia (el fenómeno es menos peruano que limeño, y aún de cierta clase social) aunque también es innegable que fueron años de felicidad fine y burguesa. La tensión política no era lo que sería treinta o cuarenta años después: es la época de Billinghurst y Benavides, de la estrella ascendente de Leguía, pero sobre todo de una Lima anterior al crecimiento desordenado y al automóvil, la Lima de Valdelomar y el Palais, de la revista Variedades, de Tórtola Valencia, de Joselito y Belmonte, de jóvenes de sarita y muchachas pálidas de ojos grandes y quietos que nos miran desde viejas fotografías. Sobre el fondo conservador y un poco gazmoño de a ciudad, los jóvenes intelectuales parecen haberse divertido prodigiosamente. En 1917, para citar la anécdota más famosa, algunos de ellos tuvieron la original idea de llevar a Norka Ruskaya, una bailarina de paso por Lima, a bailar en el cementerio la Marcha Fúnebre de Chopin. El cementerio, la noche, una bailarina europea, unos cuantos jóvenes que se sienten en la cumbre del refinamiento o -es lo más probable- están muy satisfechos de su audacia y su falta de prejuicios. Para que no falte nada aparece de pronto el prefecto rodeado de policías, la bailarina acaba en la cárcel y al día siguiente, como es debido, se desata un escándalo gigantesco. "El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert" decía Valdelomar. La frase puede parecernos ahora del todo gratuita porque la masiva migración provinciana ha trastocado todos los moldes tradicionales de Lima. Aun hace cincuenta años el error era palmario: los verdaderos centros de poder no estuvieron nunca en el Palais. Sin embrago no lo faltaba cierta razón a Valdelomar; el Palais era, en todo caso, el centro de un estilo, de una inteligencia que marcó la ciudad y tendría lejanos efectos insospechados: a la mesa de Valdelomar se sentaron Mariátegui y Vallejo. Pero Valdelomar estaba muy lejos de lo que llegarían a ser sus jóvenes compañeros. Le gustaba el placer de escandalizar pero no se oponía al medio, aceptaba sus valores, quería ser reconocido.

           En Valdelomar la gastada paradoja de poner el genio en la vida y sólo el talento en la obra significa algo muy concreto: no se concentró en la literatura, dedicó muchas de sus energías a lograr un triunfo que debía ser social y económico. Es esto no debe verse ningún propósito de disminuirlo. Era ambicioso, sin duda, pero sus ambición de desembozada y legítima; actor de sí mismo,se inventaba personajes y revelaba así si buen humor, su vitalidad juvenil. Tenía un plan, debía verse como esos jóvenes de Balzac que llegan a Parías sin un céntimo, decididos a ser ricos y famosos. Valdelomar (recuerda Sánchez) le decía a Vasconcelos en un fumadero de opio, lugar adecuadamente dramático para estas expansiones:

Estos pueblos, mi amigo no nos merecen a
   los intelectuales. Dedíquese, mi amigo, como
yo, a explotar burgueses. Esta sociedad de
          Lima... usted la ve, son unos burgueses sin gustos
  por el arte, la literatura; hay que educarlos...
              educar  y explotar al burgués para que nos pague a 
          los intelectuales el lujo a que tenemos derecho.    

        Está visión del medio limeño, dicha con tan serio maquiavelismo, es de una ingenuidad encantadora. Valdelomar no explotó nunca a nadie, si acaso fue explotado, y toda su teoría del arte, los burgueses y el lujo viene menos del Perú que de lecturas europeas. Por lo demás el tono cínico estaba en el ambiente de esos años; en 1910 Enrique Bustamante y Ballivián insultaba a sus lectores en el prólogo a un libro de poemas: "arrojos a los cerdos este ramos de rosas". Pero los lectores no se ofendían demasiado ni tampoco lo cubrían de oro: simplemente no se daban por aludidos. Todavía no ha nacido el poeta peruano que explote a los burgueses. Valdelomar llegó a tener prestigio, despertó la sincera admiración de algunos jóvenes, la curiosidad o el rencor de muchos, nada más. Si lo que quería era el dinero y el lujo se equivocaba completamente -más le valiera intentar una carrera en la política o el comercio, como se lo hubiera podido aconsejar cualquier limeño reacio al arte. A pesar de sus aires decadentes, de sus vicios proclamados, de sus frases irónicas, Valdelomar era un hombre bueno que nunca hizo daño a nadie y que, en suma, tenía esa cualidad preciosa que en Lima es mejor ocultar: la inocencia.

           No es que Valdelomar fingiera una vocación que no tenía. Por el contrario, si quería triunfar era en virtud de su vocación de escritor y en ese estaba su ingenuidad. En todo lo suyo, aun en lo menos logrado, se advierte su temperamento de artista, su amor a la belleza, su inquietud auténtica. En otro medio habría madurado más lentamente, no le hubieran faltado maestros que lo orientasen, sobre todo sus lectores habrían sido más atentos y exigente. Valdelomar no sentía esas carencias; podía parecer distante o inconforme en el ambiente limeño pero en realidad quería a Lima hondamente, como sólo la han querido algunos provincianos (en un limeño de su generación, como Mariátegui, la actitud es muy distinta), creía en Lima y por eso se empeñaba en triunfar en ella. Valdelomar viaja a Europa pero regresa muy pronto. Desde Roma se preocupa en presentarse a un concurso de cuentos y envía a un amigo instrucciones detalladas: si no gana el primer premio hay que retirar el texto sin que nadie lo sepa pues una simple mención honrosa sería una deshonra. Lo que escribe en periódicos y libros, lo que hace -las divertidas sesiones del Palais, las conferencias en provincias que son de un entusiasmo, una generosidad y una buena fe indudables- y lo que quiere ser -¡jugaba con la idea de una carrera política?- forma parte de una estrategia. Pero esta estrategia tiene poca relación con la literatura.

          En casi toda la obra de Valdelomar se advierte su gran atención al efecto sobre el público limeño, de tan limitada capacidad crítica. Eguren había escrito como si ese público no existiera; Vallejo, en Trilce, rompería con el buen gusto y se encerraría en un hermetismo áspero. Valdelomar, en cambio, quería seducir a sus lectores y si a veces los exasperaba era para seducirlos mejor. Esto explica su curiosa falta de unidad: de un lado pretende ser un dandy, alejado de todo sentimiento de multitud, de otro es un patriota encendido que predica a los niños el amor a la bandera. Pasa con soltura del amoralismo refinado a la religión sencilla de la gente de campo. Escribe leyendas incaicas, cuentos satíricos o fantásticos, poemas que quieren ser muy modernos y a veces son solamente (con cierto retraso) modernistas, una novela histórica, un libro sobre toros. Casi siempre fracasa, no por falta de talento sino por inmadurez. Sus errores son los de muchos jóvenes que luego llegan a ser buenos escritores: defectos y excesos de estructura (al mismo tiempo falta de desarrollo y deseo de decirlo todo, de no dejarse en el tintero ninguna idea o frase ingeniosa), influencias mal asimiladas, estilo que se mueve entre el efectismo esteticista esa prosa abrumada de lujos que entonces pasaba por buena literatura) y el descuido. En La ciudad de los tísicos (1911) los personajes manchan de sangre su pañuelos y fallecen rápidamente antes que el lector llegue a conocerlos; tampoco parecen haber existido para Valdelomar, que dedica buena parte del relato a juegos ingeniosos -sobre actitudes redondas y actitudes cuadradas, la significación de la curva y de la recta- las obras de arte que conoce, como la imagen de a muerte en una iglesia limeña, o que no ha visto nunca, como lo que curiosamente llama la Victorie de Samotrace (¿una broma, una confusión, una errata en la edición que tengo a mano, la de 1947?). Algunas de estas páginas tienen gracia por su misma presunción, pero la única figura real del libro es el autor, un muchacho enamorado de la literatura y el arte que todavía no conoce bien. En cambio La mariscala (1915) es un libro más grave y no es de extrañar que al escribirlo Valdelomar estuviese bajo la influencia del joven erudito Riva Agüero. Ni el ambiente ni los personajes están logrados y, quizá por no apartarse de la historia, Valdelomar ha sujetado si imaginación que habría podido salvar el libro. No es el caso de Belmonte el trágico (1918), largo ensayo de estética del toreo escrito por un muchacho de talento que no sabe gran cosa de estética ni, según él mismo lo confiesa, de toros. Hay que preguntarse si en muchas de sus páginas tan solemnes no hay ese buen humor de cara impasible que señala Mariátegui.

        Gran parte de la obra de Valdelomar es más periodismo que literatura. No me refiero solamente a sus crónicas sino, por ejemplo, a los Cuentos chinos (1915), en realidad artículos satíricos en que hechos y personajes peruanos están apenas disimulados. Esos textos, leídos, descifrados entonces, tendrían un interés de actualidad que ya no tienen. Valen seguramente más muchas de las crónicas, que habría que recoger en un volumen. Valdelomar, con todas sus limitaciones, era uno de los más vivaces, de los más inteligentes escritores peruanos. Su actitud estética debió ser, como él quería, una educación para muchos de sus lectores. Su prosa es agradable, limpia, con un gusto de época muy marcado. Sánchez cita como "maravillosa eclosión de adverbios y adjetivos: culminación de un estilo" el comienzo de una crónica publicada en 1916:

Durante las horas de estío, en los cementerios
   aldeanos, allí donde sepultan a los muertos      
bajo la tierra húmeda, en pleno regazo        
 de la tierra, en el íntimo albergue de la        
naturaleza, cuando llueve, en la estación      
 ubérrima y fecunda, sobre la estación          
      florecida, bajo los constelados cielos            
 del verano,suelen encenderse sobre las    
           tumbas, lucecillas precarias,breves y cambiantes,
que los hombres llaman fuegos fatuos.        

                     .... Luces raras que nacen en los camposantos,            
 fuerzas que impulsa la muerte, colores vanos
 que alientan la forma corpórea corrompida,
           fuegos fatuos que surgen en mi espíritu sobre tantas 
                          ilusiones muertas: tales estos artículos breves                      
                          y luminosos que te ofrezco, lector selecto.                             

El ejemplo está bien elegido y es característico de la manera de Valdelomar. Pero esta manera no llega a convencernos: el procedimiento es algo mecánico, el efecto general un poco recargado. El tono es menos personal que de época en esas menciones de los cementerios aldeanos, de la muerte y la "forma corpórea corrompida". Valdelomar llena la página de imágenes y acumula los adjetivos pero no llega a decir gran cosa. Tiene un defecto, también muy de comienzos de siglo: el estilo entendido como decoración.

       La presión de la época se advierte nítidamente en la personalidad literaria de Valdelomar. En primer lugar, como todos sus contemporáneos, sentía la atracción de la vida y la cultura europeas y esta afición era un aspecto importante de su personaje público: el cosmopolita, el hombre al corriente de la literatura y el arte de Europa. Más de una vez lo sorprendemos en la costumbre tan sudamericana, tan colonial, de mencionar escritores prestigiosos sin haberlos leído. En una entrevista de 1917 habla de sus escritores preferidos. Maeterlinck, Kempis, Pitágoras (¿Pitágoras?) y Kipling son los autores que lee según las estaciones. Admira también "el gran poema a lo Whitman, a lo Chocano; la fantasía a base de una profunda ciencia, como Wells". Añade que en ese momento está leyendo a Browning, aunque Sánchez lo duda -porque Valdelomar sabia muy poco inglés- y adivina en esta lista de nombres dispares el deseo de impresionar. Todo esto revela una formación no muy sólida y no tendría mucha importancia si también no afectase a Valdelomar en lo que escribe. No hablo ya de la irrealidad de una obra de adolescente como La ciudad de los tísicos, relato imaginado a partir de otros relatos en que el escritor está aprendiendo su oficio. Más grave es que una de sus últimas obras, Belmonte el trágico, esté  malograda desde el comienzo por esa falsa profundidad que podría impresionar a ciertos lectores pero en la que, al final, sólo se hunde la obra misma. Muchas de sus frases serían sin duda brillantes en una conversación del Palais, y el intento de hacer filosofía estética a partir del toreo puede ser muy moderno, pero la literatura es algo más que eso. Si Valdelomar intentó un libro para el que no estaba preparaba fue porque reiteraba así su imagen de joven genial que se salva por la intuición o por el estilo aun cuando tenga muy poco que decir: caía así en su propia trampa, tomaba en serio a su personaje.

          Al duro ambiente limeño Valdelomar había opuesto una superficie bruñida de dandy. Pero hay otro Valdelomar, el verdadero, el central. Lo descubrimos, por ejemplo, en las cartas a su madre, en las que depone todas sus defensas. Volvemos a encontrarlo en la autenticidad de sus mejores páginas, dedicadas siempre a su infancia y a su familia. Esos recuerdos -pero eran mucho más que recuerdos- estaban en él:

Mi infancia que fue dulce, serena triste y
 sola                                   
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una
ola                                       
y el tañer doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota de su melancolía,
 el cielo la serena quietud de su belleza,     
  los besos de mi madre una dulce alegría   
 y la muerte del sol una vaga tristeza.        

En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
        y luego el soplo denso, perfumado del mar;

y lo que él me dijera aún en mi alma
persiste:                        
   mi padre era callado y mi madre era triste
   y la alegría nadie me la supo enseñar.        

        No hace falta recurrir a un análisis textual para anotar de inmediato la diferencia entre este poema (o "El hermano ausente de la cena de pascua", de tono muy semejante) y textos como "Luna Park" o "Confiteor". No se trata de una diferencia técnica, no solamente de eso; no es que en sus mejores poemas Valdelomar fuese más moderno que en los otros, todo lo contrario: vivía en la atmósfera del fin del modernismo, no era un innovador. Lo cierto es que cuando habla de su infancia, de su familia, le cambia la voz porque hace una literatura de experiencia y no de lecturas o imitación. (Algo parecido ocurrirá con Vallejo en sus primeros libros: los poemas de Los heraldos negros en que evoca a sis familia son los mejores, y es muy posible que al escribirlos tuviese presente el ejemplo de Valdelomar). La misma frescura, el mismo aire tierno y contenido tienen los mejores cuentos de El Caballero Carmelo (1915). Armando Zubizarreta ha analizado muy certeramente la elaboración artística del cuento que da nombre al volumen. Sin embargo no es seguro que Valdelomar comprendiese claramente lo que había conseguido pues en mucho de lo que escribió después -el ensayo sobre Belmonte, por ejemplo- hay un evidente retroceso. Es que los éxitos de Valdelomar no se deben fundamentalmente a sus procedimientos: si acertó con ellos es porque había encontrado, por una vez, el tema que convenía a sus medios o -para usar una frase usual, en este caso exacta- porque se había encontrado a sí mismo. Cualquier objeción que pueda hacerse, pequeños errores de estilo, carga argumental quizá excesiva en algún cuento, se desvanece ante estos textos tan cabalmente logrados en que no hay diferencia entre lo que se dice y la manera de decirlo, en que el estilo, lejos de ser una decoración, es necesario. En el poema que hemos citado, como en los cuentos, no hay, para tratar un solo aspecto, una visión de la naturaleza aprendida en los libros: los besos de la madre "y luego el soplo denso, perfumado del mar" (seguramente uno de lo más bellos versos de la poesía peruana) se integran en una experiencia íntima que no debe nada al vago panteísmo literario de la época. Valdelomar eludió los peligros que lo amenazaban porque su punto de partida era muy personal, autobiográfico. El predominio de lo autobiográfico es otro indicio de la juventud del escritor; pero en este caso Valdelomar asume su juventud, no se presenta como más refinado, más culto o más adulto de lo que es, y obtiene resultados espléndidos. En los cuentos está la sobria, la hermosísima lección de cosas en que el niño descubre el mundo:

Sobre la mesa estaba la alforja rebosante;
sacaba de él, uno a uno, los objetos que   
traía y los iba entregando a cada uno de   
  nosotros. ¡Qué cosas tan ricas! ¡Por dónde
había viajado! Quesos frescos y blancos, 
  envueltos por a cintura con paja de cebada,
de la Quebrada de Humay; chancacas      
     hechas con cocos, nueces, maní y almendras;
     frijoles colados, en sus redondas calabacitas,
     pintadas encima con un rectángulo del propio
   dulce, que indicaba la tapa, de Chicha Baja;
  bizcochuelos, en su caja de papel, de yema
        de huevo y harina de papas, leves, esponjosos,
amarillos y dulces; santitos de piedras de 
   Guamanga tallados en la feria serrana; cajas
   de manjar blanco, tejas rellenas, y una traba
de gallo con los colores blanco y rojo.      

(El Caballero Carmelo)       

         Es notable cómo Valdelomar ha escrito esta página sin caer en el exceso costumbrista, en la tentación del color local. El secreto está en que lo importante no son las cosas descritas -con qué levedad- sino en la conciencia desde la cual narra Valdelomar, recreando al niño gozoso y asombrado, en el pudor de la imaginación infantil para la que una simple mención puede ser poética y encierra promesas que son una "admirable maravilla":

Levantóse papá y  con él la solemnidad de la
mesa; y todos saltando de nuestros asientos,
rodeamos a mi madre.                                
-¿Qué es? ¿Qué es?                                   
-Estarse quietos o... no hay nada!               
    Volvimos a nuestros puestos. Abrióse el sobre
y ¡oh papelitos morados!                           
   Eran las entradas para el circo; venía dentro  
un programa. ¡Qué programa! ¡Con letras 
  enormes y los artistas pintados! Mi hermano
mayor leyó. ¡Qué admirable maravilla!     
 El afamado barrista Kendall, el hombre de
 goma; el célebre domador Mister Glandys;
la bellísima amazona Miss Blutner con su 
      caballo blanco, el caballo matemático; el        
graciosísimo payaso "Confitito", rey de los
   payasos del Pacífico, y su mono; y el extra-
    ordinario y emocionante espectáculo "El vue-
     lo de los cóndores", ejecutando por la peque-
ñísima artista Miss Orquídea.                  
  
(El vuelo de los cóndores)                            


       Pero por supuesto no es un niño quien escribe los cuentos, un niño no podría escribirlos. En el mejor Valdelomar hay siempre la tensión entre el mundo de la infancia y la visión del escritor, en otras páginas dueño absoluto de sus medios. Sirvan de ejemplo estos dos párrafos, de cuentos distintos, entre los cuales no hay, sin embargo, solución de continuidad. En ambos volvemos a encontrar los dos planos, el vívido recuerdo de infancia y el tratamiento literario:

Amanecía en Pisco, alegremente. A la agonía 
de las sombras nocturnas en el frescor del      
   alba, en el radiante despertar del día, sentíamos 
  los pasos de mi madre en el comedor, prepa-   
        rando el café para papá. Marchábase éste  a           
        la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba        
     la puerta de la calle con sus mohosos goznes;       
oíase el canto del gallo que era contestado       
a intervalos por todos los de la vencidad;        
sentíase el ruido del mar, el frescor de la          
mañana, la alegría sana de la vida. Después     
mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar      
arrodillados en la cama con nuestras blancas   
camisas de dormir; vestíamos luego y, al         
concluir nuestro tocado, se anunciaba a lo       
lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la    
 puerta y saludaba. Era un viejo dulce y bueno,
y hacía muchos años, al decir de mi madre,   
que llegaba todos los días, a la misma hora,   
con el pan calientito y apetitoso, montado     
en su burro, detrás de los dos "capachos"     
de acero, repletos de toda clase de pan:      
hogazas, pan francés, pan de mantecado,   
rosquillas....                                              

                                               (El Caballero Carmelo)

Levantábame después del beso de mi ma-
dre, apuraba el café humeante en la taza    
familiar, tomaba mi cartilla e íbame a la es-
  cuela por la ribera. Ya en el puerto todo era
luz y movimiento.La pesada locomotora,   
crepitante, recorría el muelle. Chirriaban    
    como desperezándose lo rieles enmohecidos,
alistaban los pescadores sus botes, los      
  fleteros empujaban sus carros en los cuales
los fardos de algodón hacían pirámide,    
    sonaba la alegre campana del "cochecito";   
cruzaban en sus asnos pacientes y lanudos,
sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida
  de azul, las mozas del pueblo; llevaban otras
en cestas de caña brava, la pesca de la      
víspera y los empleados, con sus gorritas   
blancas de viseras negras, entraban al       
resguardo de la capitanía, a la aduana      
y a la estación de ferrocarril. Volvía         
yo antes del mediodía de la escuela         
por la orilla cogiendo conchas, huesos     
de aves marinas, piedras de rara color,    
plumas de gaviota y yuyos que eran        
cintas multicolores y transparentes          
como vidrios ahumados que arrojaba     
al mar.                                                  

                                          (Los ojos de Judas)

         Un comentario a la acción como "la alegría sana de la vida" es excepcional: lo narrado se comenta a sí mismo. Naturalmente en cada frase está el escritor atento a su oficio: en la distancia que se va ahondando en sonidos: el chirrido de la puerta -el canto del gallo- el ruido del mar; en la abstracción "Ya en el puerto todo era luz y movimiento", sabiamente intercala antes de una descripción minuciosa; en la enumeración de los panes que queda abierta como un recuerdo inasible; en las notas de color: alfalfa verde y florecida de azul o gorritas blancas de viseras negras; en la sintaxis que se encrespa -Volvía yo antes del mediodía de la escuela por la orilla cogiendo conchas- antes de la imagen final -cintas multicolores y transparentes como vidrios ahumados. Por supuesto en todos estos recursos está el gusto de comienzos de siglo pero no hay preciosismo, ni las imágenes ni la palabras valen por sí mismas, fuera del efecto total: todo tiende a un fin y está sometido a un propósito.

           Algo más nos toca en estos cuentos porque sabemos el fin de Valdelomar, muerto trágicamente en plena juventud. En otros textos suyos las alusiones a la muerte pueden deber mucho al tema literario; en estos cuentos de la muerte es una presencia constante, el destino de ese niño atónito de Ica, cerca del mar, lo lleva siempre al dolor y a la tristeza. El Caballero Carmelo, gallo invencible, muere a pesar del amor de los niños. Miss Orquídea, la pequeñísima artista del circo "cogió mal el trapecio, se soltó a destiempo, titubeó un poco, dio un grito profundo, horrible, pavoroso y cayó como una avecilla herida en el vuelo". El final de "Los ojos de Judas" nos conmueve porque nos comunica un antiguo terror de infancia, un presentimiento de Valdelomar, y sentimos la desolación del padre que no puede defender a su hijo ante la revelación.

Vi un grupo de hombres todos mojados, con
la cabeza inclinada teniendo en la mano sus    
sombreros, silenciosos, rodeando el cadáver 
vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vi 
 las telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo
de una mujer. Fue una horrible visión que no
olvido nunca. La cabeza echada hacia atrás,
cubierto el rostros con el cabello desgreñado.
  Un hombre de esos se inclinó, descubrió la cara
  y entonces tuve la más horrible sensación de mi
       vida. Di un grito extraño, inconsciente y me abracé
 a las piernas de mi padre. [...] Padre me cogió
como loco, me apretó contra su pecho.          

            Estamos muy lejos de los ejercicios de estilo, de las elucubraciones de vaga filosofía, de la literatura entendida como gesto. Como en todas las páginas auténticas un hombre habla aquí hondamente y prueba que no hay diferencia entre la literatura verdadera y la vida. Aun si no hubiese escrito esos cuentos poemas Valdelomar seguiría recordado y querido entre nosotros por su figura de joven brillante, su bondad, su ironía, su gracia, su simpatía irresistible. Por las mismas obras que hemos criticado antes, sin concesiones a defectos que son más de la época y del medio que de su joven autor (y de los que quizá habría acabado por librarse) Valdelomar es un momento de nuestra evolución, la  expresión de una época desaparecida. Podríamos decir: ya es mucho, no tuvo tiempo para más. Lo extraordinario es que este muchacho enamorado del arte fue, en algún momento, un artista; este escritor, casi siempre disperso y apresurado, dejó unas cuantas páginas en las que se sobrevive. 




*Extraído de: "El sol de Lima", Luis Loayza, págs. 147-166, Mosca Azul Editores (Lima,1974).

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"Si eres vida ¿Por qué me das la muerte?", por Luis Alberto Sánchez.
"Carta de Amor, de César Moro", por Mario Vargas Llosa

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